lunes, 3 de diciembre de 2012

Las paradojas de la insolencia burocrática en Colombia


La virgen sus cabellos

Por: William Ospina

La vieja cicatriz de la pérdida de Panamá, que parecía desvanecida para los colombianos, ha vuelto a doler esta semana. Romeo dice que "se ríe de las cicatrices el que nunca ha sufrido una herida", y Homero nos recuerda siempre que "allí donde hay una cicatriz hay una historia".



Un expresidente de esos que pescan en todo río revuelto, casi ha llamado a tomar las armas para defender el mar arrebatado. Otros llaman a desconocer el fallo de la corte de La Haya, que con gran arbitrariedad repitió con el mar lo que nos sucedió hace un siglo con el istmo. Pero este dolor sólo ha sido posible gracias a una serie de paradojas y negligencias.
La primera paradoja consiste en que las democracias modernas tengan que basar la legitimidad de sus fronteras en la voluntad de unos monarcas antiguos. Todavía tienen que repetirnos que la soberanía de Colombia sobre el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, se funda en la Cédula Real del 20 de noviembre de 1803, que segregó ese archipiélago y la costa de la Mosquitia de la capitanía general de Guatemala, y la incluyó en el territorio del Nuevo Reino de Granada. Por fortuna, en junio de 1822 esa soberanía se vio confirmada por la adhesión voluntaria de la población de las islas a la Constitución de Cúcuta.
La segunda paradoja consiste en que Colombia renunciara voluntariamente, creo que por un sentimiento de justicia, a su soberanía sobre la costa de la Mosquitia, a cambio de que Nicaragua le reconociera su soberanía sobre el archipiélago. El tratado Esguerra-Bárcenas, de 1928, definió, aunque imperfectamente, esas dos realidades, extendió el territorio nicaragüense hasta la costa este y el mar hasta el meridiano 82, y dejó el territorio insular en manos de Colombia, pero ello no se tradujo en sentimientos de hermandad sino en nuevos reclamos.
La tercera paradoja es que Nicaragua niegue el valor del tratado Esguerra-Bárcenas sin advertir que ello significaría que las fronteras de los dos países vuelven a ser las anteriores a ese tratado. Equivaldría a decir que Colombia vuelve a ser dueña no sólo del archipiélago sino de la costa de la Mosquitia: algo que Colombia jamás ha pretendido. Nicaragua niega un tratado que la favorece, con el argumento sin duda razonable de que estaba sometida a una invasión de Estados Unidos en el momento de firmarlo.
La cuarta paradoja consiste en que no hayamos delimitado mediante un tratado serio nuestras fronteras marítimas, y hayamos preferido someter un tema tan delicado y tan local a la jurisdicción de una corte lejana, cuyos miembros ni conocerán estas regiones y ni siquiera están en condiciones de dictar su fallo en castellano. Cualquier frontera definida por un tratado bilateral habría sido más justa y más benéfica que este fallo absurdo. Y ello se agrava si pensamos que el sometimiento a la corte de La Haya, en lugar de resolver las diferencias pacíficamente, no ha hecho más que crear un nuevo malestar.
Asombra que Colombia se sintiera tan segura de sus derechos que ni siquiera imaginó la posibilidad, no de que el fallo fuera adverso, como terminó siéndolo, sino incluso de que fuera arbitrario. Los sucesivos gobernantes de Colombia han debido prever que un nuevo despojo despertaría en la población un viejo malestar y un justo sentimiento de orfandad.
Me siento muy lejano de todo nacionalismo enfermizo, y de todo patriotismo oportunista, de esos que aparecen en seguida tratando de traducir en votos y en favoritismo político el malestar y el sufrimiento de los ciudadanos, pero siempre he sentido el dolor de que nuestra dirigencia no sea capaz, no sólo de conservar, sino de engrandecer, esas que ellos mismos llaman “las regiones apartadas del país”.
Y allí hay que señalar las negligencias: el hecho de que un odioso centralismo haya permitido a lo largo del tiempo que cuanto más alejadas de la capital estén las regiones, mayor sea su abandono. Por eso creo que la reacción de los dirigentes frente a este despojo es sobre todo una manifestación de oportunismo, pues si de verdad les interesaran los territorios no habrían mantenido en el extremo abandono la Orinoquia y la Amazonia, que siempre aparecieron en un pequeño recuadro en los mapas escolares. Eran regiones de segunda clase llamadas apenas territorios nacionales, que sólo hace veinte años empezaron a tener los derechos y la estructura administrativa de los departamentos.
Si a los gobernantes y a los políticos les interesaran de verdad estos suelos cuya pérdida parece dolerles tanto, Buenaventura, el principal puerto del país y la principal fuente de riqueza para muchos, no estaría en el nivel de abandono, de postración y de violencia en que vive; el Chocó no habría sido dejado por tanto tiempo a su suerte; y ese medio país lleno de riquezas, las planicies del Orinoco y de la Amazonia, no habría quedado a merced de las guerrillas y de fenómenos de colonización rudos y expoliadores. Esos territorios pueden decir del Gobierno lo que dijo cierta dama cuando su marido, siempre indiferente, entró en crisis porque ella lo abandonaba: “Prefiere morir por mí que vivir conmigo”.
Si tuviéramos más atención por el territorio, si lo amáramos más, si lo engrandeciéramos de verdad, no correríamos tanto el riesgo de perderlo, y no tendríamos que rasgarnos las vestiduras cada tanto tiempo, ni arrancar en agonía nuestros cabellos para colgarlos del ciprés, como dice la caricatura verbal de Rafael Núñez.
Pero estos gobiernos prefieren ponerse la mano en el pecho, y hasta llamar a la guerra cada cincuenta años, en vez de gobernar con responsabilidad, con amor y con dignidad cada día.

William Ospina

Por un simple sentimiento europeísta, vanidad o por desarrollo real..?


Europa, España, Cataluña

Por: Miguel Ángel Bastenier

Europa vive el peor momento de su historia como organización más o menos unificada. Y no sólo en el aspecto económico, sino que los problemas y dudas que se perciben en el sentir europeísta tienen antecedentes próximos, que pudieron pasar desapercibidos.




En Escocia, el fin del imperio británico en los años 50 y 60 fue un poderoso estímulo para el separatismo, y ya en los 70 el principal partido independentista, el Scottish National Party, recogía cerca de un tercio de sufragios. Más aún, el euroescepticismo de gran parte del establecimiento británico sobre la permanencia en la Unión Europea es un síntoma añadido de fin de reinado. Bélgica, donde neerlandófonos y francófonos se desprecian nada cordialmente, se sostiene como Estado hiperfederal sólo porque Bruselas es la capital de la UE, y el secesionismo flamenco jamás aceptaría la independencia sin su capital histórica. En los años 90, Eslovaquia votó por su separación de la parte checa del país (Checoslovaquia), en paralelo al desgajamiento del imperio soviético. La separación de las repúblicas bálticas fue recibida con relativa indiferencia porque ya habían sido independientes en el período de entreguerras, pero Ucrania era parte de la Rusia zarista desde 1654 y Bielorrusia desde la unificación del Estado ruso en la Edad Media. A todo ello hay que sumar la violenta descomposición del tinglado federal yugoslavo en seis repúblicas independientes, también en esa década, de lo que el último avatar ha sido, ya en este siglo, el desgajamiento de Kosovo de la Serbia frustrada unificadora de Yugoslavia.
Aunque con diferente intensidad, esos casos gravitan sobre la que, según la mitología oficial, es una de las naciones más antiguas de Europa: España. El proceso de segregación de Cataluña, que hoy parece algo más contenido por el resultado de las elecciones autonómicas del 25 de noviembre, constituye, sin embargo, una amenaza real de segregación a medio plazo.
El nacionalismo catalán nace como fenómeno político contemporáneo a fin del XIX, cuando la pérdida de Cuba y Puerto Rico afectó a la sacarocracia catalana, haciendo que se aflojaran sus lazos económicos con Madrid. Ese sentimiento se apoya en una lengua propia y una literatura que blasona de glorias bajomedievales como el mismo castellano, pero que básicamente se nutre de la incomprensión hispano-castellana. Los catalanes pueden ser, y yo creo que son, españoles, pero no castellanos. En los años 20 y 30 del pasado siglo hubo diversas tentativas de resolver “el problema catalán”; la derecha regionalista, encabezada por Francesc Cambó, quiso participar en la gobernación de España, pero fue rechazada por las oligarquías peninsulares; y la II República, que votó un estatuto especial para Cataluña (1932), vio anegada su obra por la guerra civil (1936-39). El franquismo, que duró casi 40 años, con su represión de la libertad de todos los españoles y, con especial saña, lo catalán, cavó una fosa entre las dos comunidades, la catalano-hablante y la hispanófona, cuyas consecuencias se revelan ahora en su verdadera crudeza.
Pese a ello, hace sólo 10 años no había mucho más de un 15% de nacionalismo separatista y, paradójicamente, puede haber sido el progreso de la autonomía —establecida por la democracia en 1980— con lo que llamaba Tocqueville expectativas insuficientemente realizadas, lo que ha llevado en tiempos de gravísima crisis económica a la propagación de un sentimiento en Cataluña que podría expresarse en la convicción de que “nosotros lo haríamos mejor”. Más de un 50% de la población catalana aspiraría hoy a una reconfiguración de su relación con el resto de España, lo que implicaría como mínimo la adopción de un sistema federal de gobierno, que fuera más allá del actual Estado autonómico a la plena independencia.
Las elecciones del domingo pasado en Cataluña han dicho sí y no a esas fabricaciones. De un lado, la fuerza hegemónica, Convergència i Unió, ha ganado claramente. pero cayendo de 62 a 50 escaños, cuando la mayoría absoluta que decía necesitar para forzar un referéndum —ilegal, según el ordenamiento vigente— sobre la separación, era de 68. Pero, de otro, esos escaños los ha recogido Esquerra Republicana, partido abiertamente separatista, en contraste con CiU que prefiere refugiarse en eufemismos como “recuperación de la soberanía”. Y si en el parlamento catalán anterior había 76 soberanistas, hoy son 74.
El independentismo podría tomarse un tiempo de reflexión, especialmente si el gobierno del PP —derecha— en Madrid deja claro que en caso de secesión vetaría el ingreso de Cataluña en la UE, lo que haría muy poco atractiva la independencia a la burguesía catalana. Pero hay que ver estos espasmos no sólo como anticipo de agonía ibérica, sino como parte de los realineamientos políticos y territoriales que dibujarán un nuevo mapa continental en este siglo. Ello no significa que el sentimiento europeísta vaya a morir; al contrario, Escocia, Cataluña y todos los nuevos Estados quieren formar parte de una Europa con entidad política propia, pero repensando el quién, cómo y dónde de sus elementos integrantes. Las piezas del rompecabezas buscan todavía su lugar y España puede salvarse como el Estado de todos sus habitantes, pero sólo si se reconoce la existencia de una sociedad plurinacional entre nosotros.

Gracias a la Fed, estamos de nuevo en 2007

Por: Henny Sender

Según el jefe de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed), Ben Bernanke, el mundo atraviesa circunstancias financieras relajadas. Sin embargo, el abismo fiscal que rodea a su país no deja de generar tensiones.



Las condiciones financieras son tan relajadas hoy como lo eran en 2007, dijo Ben Bernanke en un discurso que dio en Nueva York el 20 de noviembre. El presidente de la Reserva Federal tenía buenas razones para hacer esa observación.

Tanto en Estados Unidos como en Europa los bonos de altos retornos y la emisión en el mercado de deudas, hasta lo que va del año, es de US$570.000 millones: igual que el pico de hace cinco años. Casi el 30% de todos los bonos basura tiene pocos términos de vencimiento, y este es otro punto alto, según J.P. Morgan. Además, la emisión de deuda con el propósito de pagar los dividendos de los propietarios también se halla por encima de los niveles de 2007. La emisión de las obligaciones colateralizadas de deuda este año será de unos US$45.000 millones: más de lo que fue durante los últimos cuatro años sumados.
La mayoría de la banca “sumergida” y los fondos de cubrimiento a crédito nunca han tenido un mejor momento. En lo que va del año, la deuda atribulada está entre las estrategias de mejor desempeño en los fondos de cubrimiento. “Si usted es un inversionista en los mercados de crédito debería darle las gracias a la Reserva Federal”, dijo Michael Cembalest, gerente de inversiones de J.P. Morgan. “El aumento en el crédito ha inflado todos los botes”. Hoy la deuda de cada vez menos y menos compañías se comercia por debajo de los 100 centavos de dólar, añadió Cembalest.

Además, la semana pasada Equity Residential, la administradora de apartamentos controlada por Sam Zell, se asoció con AvalonBay para comprar la propiedad de la compañía Archstone Enterprise. Pagaron US$6.500 millones por el 60% y el 40% respectivamente. Archstone solía estar en manos de Lehman Brothers. La compra de Archstone por parte del banco, que se pagó a uno de los precios más altos que existían en el mercado, fue típica de la actividad frenética del 2007, así como uno de los factores más importantes que contribuyeron a la caída de Lehman.
Gracias a la Fed, hay muchas maneras en que parecemos estar de nuevo en 2007; ¿pero hasta qué punto eso es algo bueno?

El discurso de Bernanke no fue muy optimista. Trató la necesidad que tiene Washington de reconocer los problemas que rodean al abismo fiscal, el paquete de aumentos tributarios y recortes al gasto que entrará en efecto desde enero a no ser que se llegue a un acuerdo. No obstante, ni en el discurso ni en las preguntas que vinieron luego (lideradas por Alan Blinder, su excolega de la Universidad de Princeton), hubo una larga discusión sobre los problemas de la actual política de la Fed.

Hay varios problemas distintos al hecho de que las políticas de la Fed no pueden continuar indefinidamente y que su eficacia disminuye con cada ronda de relajamiento cuantitativo. Esa fue una de las razones por las que Jeff Aronson, el cofundador de Centerbridge Partners, les devolvió dinero a los inversionistas hace poco.

En este momento, luego de tanta restricción en los spreads de crédito, potencialmente es más dañino que positivo. Otros problemas, por supuesto, es que los hogares no puedan ganar nada sobre sus ahorros, que los fondos de pensión están subfinanciados y que las aseguradoras no pueden generar suficientes ingresos de inversión. Los verdaderos beneficiarios del dinero fácil sin los especuladores.

Entretanto, desde un punto de vista que se limita a los mercados financieros, hallamos el problema adicional de que los precios del mercado perdieron todo significado real. Los precios sugieren que el mundo es un lugar más seguro, ¿pero en realidad lo es?
Seguramente no. El mundo es más temible de lo que era en 2008. El crecimiento en la mayoría del mundo es mucho más lento, mientras que Europa parece estar en recesión, el desempleo es un reto para casi todos los países, la situación geopolítica es mucho menos estable y los gobiernos no tienen efectivo y se ha reducido mucho su campo de acción para apoyar a otras economías o a sus bancos.

Sin embargo, los precios no reflejan ningún riesgo. ¿Realmente debería dar retornos de 3,6% la deuda de Filipinas? En 2008 costaba 800 puntos base comprar una protección contra un cese de pagos de Filipinas. En junio el precio era de 220 puntos base. Ahora es de tan sólo 100 puntos base. Los fondos de cobertura, nerviosos por la situación mundial y ahora en busca de protección en el mercado de coberturas por riesgo crediticio, han tenido enormes dificultades con el apretón en los mercados de crédito.

En 2007, los altos funcionarios de la Reserva Federal de Nueva York compilaron una lista de todos los indicadores, sugirieron los precios de muchos activos financieros que ya no eran racionales y presentaron esa lista a sus colegas de Washington. Entre los indicadores que citaron se halla el grupo de telecomunicaciones de Oriente Medio cuya oferta pública inicial estaba sobrevaluada por más de 700%. Sus preocupaciones fueron ignoradas.
Esta vez, la Fed de Bernanke está ejerciendo una complicidad todavía mayor.

Reforma tributaria sin fundamentos distributivos

Por: Eduardo Sarmiento

Luego de haber tenido un papel de tercer plano, la equidad y la justicia social aparecen como las principales preocupaciones de los gobiernos.




Sin embargo, no se ha avanzado en un diagnóstico sobre las causas de la ampliación de las desigualdades y de los medios para reducirlas. No se reconoce que la dolencia se origina en el modelo económico que propicia una elevación de los ingresos del capital en relación con los del trabajo.

Es lo que se observa en la reforma tributaria. Una vez introducidos los cambios a la versión inicial, los elementos centrales son los mismos que se delinearon tan pronto apareció el proyecto oficial. En términos simples, el impuesto a la renta de las empresas se baja de 33 a 25% y se sustituye por un impuesto a las utilidades destinado a cubrir los presupuestos del Sena y el ICBF; como el primero reduce los recaudos en $8 billones, el segundo los eleva en $4 billones.

Se elevan las tarifas del impuesto a la renta de las personas naturales con ingresos superiores a $ 5 millones. Se eliminan los impuestos parafiscales al Sena, ICBF y aportes de la salud para ingresos inferiores a $6 millones.

Todo esto significa la reducción de los gravámenes a las empresas y el capital, la elevación del impuesto al trabajo de los grupos medios y una ligera reducción para las rentas más bajas, que se compensan con creces con un alza del IVA a los productos de primera necesidad. El conjunto contradice el anuncio de que la reforma baja los impuestos a los que menos tienen y los sube a los que más tienen. Para completar, se espera que las mayores utilidades de las empresas aumenten la contratación de trabajadores informales. Sin ninguna base, se predice un aumento de un millón de empleos formales.

La reforma se fundamenta en el principio de la eficiencia tributaria que se orienta a gravar las actividades que menos interfieren con el mercado y al recaudo. De esa manera se bajan los impuestos a las empresas para propiciar la competitividad y evitar las salidas de capitales y se sustituyen por impuestos al trabajo que ocasionan menos distorsiones y redundan en más recaudos. En aras de una eficiencia incierta, se sacrifica la equidad.
El Gobierno montó una tributaria neoliberal y la intenta justificar como equitativa con un juego de definiciones y porcentajes. Lo grave es que la mayoría del Congreso le siguió el juego. La filosofía de la reforma nunca se discutió.

No se aprendió la lección. Las reformas tributarias adoptadas en los últimos veinte años se orientaron a disminuir cargas del capital y trasladarlas al trabajo; deprimieron el crecimiento y el empleo. Lamentablemente, el país se apresta a repetir la historia con artificios pirotécnicos que pretenden decirle lo contrario a la opinión pública.