Reforma tributaria sin fundamentos distributivos
Por: Eduardo Sarmiento
Luego de haber tenido un papel de tercer plano, la equidad y la justicia social aparecen como las principales preocupaciones de los gobiernos.
Sin embargo, no se ha avanzado en un diagnóstico sobre
las causas de la ampliación de las desigualdades y de los medios para
reducirlas. No se reconoce que la dolencia se origina en el modelo económico
que propicia una elevación de los ingresos del capital en relación con los del
trabajo.
Es lo que se observa en la reforma tributaria. Una vez
introducidos los cambios a la versión inicial, los elementos centrales son los
mismos que se delinearon tan pronto apareció el proyecto oficial. En términos
simples, el impuesto a la renta de las empresas se baja de 33 a 25% y se
sustituye por un impuesto a las utilidades destinado a cubrir los presupuestos
del Sena y el ICBF; como el primero reduce los recaudos en $8 billones, el segundo
los eleva en $4 billones.
Se elevan las tarifas del impuesto a la renta de las
personas naturales con ingresos superiores a $ 5 millones. Se eliminan los
impuestos parafiscales al Sena, ICBF y aportes de la salud para ingresos
inferiores a $6 millones.
Todo esto significa la reducción de los gravámenes a las
empresas y el capital, la elevación del impuesto al trabajo de los grupos
medios y una ligera reducción para las rentas más bajas, que se compensan con
creces con un alza del IVA a los productos de primera necesidad. El conjunto
contradice el anuncio de que la reforma baja los impuestos a los que menos
tienen y los sube a los que más tienen. Para completar, se espera que las
mayores utilidades de las empresas aumenten la contratación de trabajadores informales.
Sin ninguna base, se predice un aumento de un millón de empleos formales.
La reforma se fundamenta en el principio de la eficiencia
tributaria que se orienta a gravar las actividades que menos interfieren con el
mercado y al recaudo. De esa manera se bajan los impuestos a las empresas para
propiciar la competitividad y evitar las salidas de capitales y se sustituyen
por impuestos al trabajo que ocasionan menos distorsiones y redundan en más
recaudos. En aras de una eficiencia incierta, se sacrifica la equidad.
El Gobierno montó una tributaria neoliberal y la intenta
justificar como equitativa con un juego de definiciones y porcentajes. Lo grave
es que la mayoría del Congreso le siguió el juego. La filosofía de la reforma
nunca se discutió.
No se aprendió la lección. Las reformas tributarias
adoptadas en los últimos veinte años se orientaron a disminuir cargas del
capital y trasladarlas al trabajo; deprimieron el crecimiento y el empleo.
Lamentablemente, el país se apresta a repetir la historia con artificios
pirotécnicos que pretenden decirle lo contrario a la opinión pública.
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