miércoles, 20 de febrero de 2013

En aumento la Cultura Importadora respaldados por los TLC, y los exportadores?


Lo que disfrutarán 49 millones de surcoreanos


La revista Dinero.com hace, en uno de sus más recientes artículos, una ovación a la última adquisición del Mincomercio para la economía Colombiana, el TLC con Corea del Sur. Pero como Negociadores debemos hacernos la siguiente pregunta: Realmente queremos reemplazar el proceso industrial que el país ha desarrollado los últimos 20 años? Entendemos cuales son las repercusiones profundas de los entrantes Tratados Comerciales firmados con algunas de las potencias del mundo? Aquí entonces un recuento de los muy aventajados industriales extranjeros que innundarán con sus producos nuestras plazas comerciales. 

Cosméticos, confecciones, textiles, derivados de café y cacao, productos de confitería, molinería y panadería, entre los productos con oportunidades para exportar a Corea del Sur

Cultura importadora, alto poder adquisitivo y acceso preferencial. Estas tres variables convierten a Corea del Sur no sólo en un mercado con posibilidades de negocios para los exportadores colombianos sino también en una puerta de entrada al continente asiático.

“Corea del Sur será además el terreno de aprendizaje sobre la cultura de negocios en Asia”, señaló María Claudia Lacouture, presidenta de Proexport Colombia, entidad que ha identificado oportunidades concretas para los empresarios colombianos.

El país asiático, que tiene 48,8 millones de habitantes, fue el importador número 8 del mundo en 2011, de acuerdo con Trade Map, con una participación del 2,9% (US$524.405,2 millones) de las importaciones mundiales, nueve veces superior al de Colombia en el mismo año (US$54.675 millones). El PIB per cápita alcanzó un nivel similar al de la Unión Europea como región, US$31.714, tres veces superior al de Colombia (US$10.429).

Sus compras se han basado principalmente en alimentos, maquinaria, productos y equipos electrónicos, petróleo, acero, equipos de transporte, productos químicos orgánicos y plásticos.


Oportunidades en agroindustria, manufacturas y prendas de vestir
Para el sector agroindustrial, Proexport encontró potencial con derivados del cacao, productos de confitería, de panadería y molinería, frutas frescas, azúcares y endulzantes, palma de aceite orgánico, café y derivados del café.

En el mercado coreano el café instantáneo se ha diversificado en términos de sabores por medio de la oferta de ingredientes bajos en azúcar, calcio y colágeno. Esto se ha debido a la percepción de los consumidores de que es poco saludable, pero los esfuerzos para atraer consumidores han ayudado a mantener el nivel de ventas al por menor de este producto.

Entre otras tendencias en el sector de alimentos, Proexport encontró que la panela colombiana puede tener oportunidad debido al interés por una vida saludable. “Los coreanos tienen entre sus prioridades disminuir la ingesta de azúcares por lo que sustitutos como la panela se convierten en un endulzante potencial”, explicó María Claudia Lacouture, presidenta de la entidad.

Por otro lado, los productores colombianos de textiles, cueros exóticos y sus manufacturas, confecciones como ropa interior masculina, ropa interior femenina, vestidos de baño y ropa de control, también tienen oportunidad de exportar.

Y en el sector manufacturero, los productos cosméticos y de cuidado personal han sido identificados como potenciales. Entre esos, los de cuidado de la piel producidos con hierbas aromáticas son altamente demandados en el país asiático, especialmente por compradores jóvenes.

http://www.dinero.com/actualidad/economia/articulo/lo-disfrutaran-49-millones-surcoreanos/169811


lunes, 18 de febrero de 2013

Políticas tributarias inequitativas impidieron aumentar la capacidad estatal, que se vio aún más mermada por la enorme corrupción en la contratación de obra pública


¿Hay enfermedad holandesa?

El Ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, ha negado en repetidas ocasiones que el sector minero-energético esté produciendo lo que en Holanda sucedió en los años setenta del siglo pasado: los hallazgos de gas en el Mar del Norte revaluaron el florín, hasta el punto que las exportaciones de manufacturas y flores cortadas se resintieron.Los enemigos de la locomotora minera argumentan, por el contrario, que la llegada de capitales y las exportaciones de petróleo, carbón y oro están arruinando la industria y la agricultura.


La evidencia no es clara, porque hay un factor monetario subyacente que está revaluando muchas monedas en el mundo, además de existir términos de intercambio favorables para el país y mucha inversión extranjera que han fortalecido el peso. Se trata de la política de la Reserva Federal de los Estados Unidos que mantiene tipos de interés de 0% y hace expansiones adicionales, adquiriendo bonos del tesoro y papeles hipotecarios. Por contraste, la tasa interbancaria en Colombia es de 3,75% y el Banco de la República no puede estimular demasiado con tasas mucho menores una economía que ha crecido con bastante fuerza en los últimos años.
Otro efecto de la emisión excesiva de dólares es que se genera una inflación de activos, ya sean las acciones y los derivados financieros basados en los precios de las materias primas. Los flujos de capital van hacia donde hay posibilidad de valorización y eso contribuye a que países como Colombia aumenten el ingreso de divisas para adquirir bonos, acciones y otros papeles. Los precios de las materias primas suben más de lo que informan sus fundamentos de oferta y demanda, gracias a la especulación con sus derivados. Cuando Estados Unidos se aproxime a una situación de menor desempleo (un 6,5% de su fuerza de trabajo según la Reserva Federal, frente a un 7,9% en la actualidad), la política monetaria comenzará a normalizarse y esta situación anómala va a cambiar.
Los países mineros que han soportado mejor la revaluación de sus monedas y han seguido propiciando la diversificación de sus exportaciones son aquellos que ahorran en medio de las bonanzas y las invierten bien, aumentando su productividad. Colombia es un mal alumno en estas tareas, pues mantiene un déficit fiscal importante, su déficit con el exterior es cuantioso y desperdicia su inversión pública.
Según la OECD, el déficit en cuenta corriente en 2011 superaba 3% del PIB, pero si se descontaban los términos de intercambio, que mejoraron 70% entre 2003 y 2011, el monto se elevaría a 8% del PIB, lo que sugiere vulnerabilidad. No obstante, el petróleo se mantiene rondando un nivel de US$95 el barril a la fecha. Se sostiene alto también el precio del oro, como resguardo de valor frente a la crisis. La cotización del carbón ha tenido una baja del 50% y se han suspendido inversiones nuevas. Algún deterioro de términos de intercambio ya nos ha ocurrido.
Es obvio que una década de bonanza no ha sido sembrada. Políticas tributarias inequitativas impidieron aumentar la capacidad estatal, que se vio aún más mermada por la enorme corrupción en la contratación de obra pública. La baja productividad y los altos costos de energía y transporte debilitan la industria y la agricultura frente a la competencia externa. No ha sido pues sólo enfermedad holandesa la que nos agobia, sino dolencias asociadas al exceso de liquidez mundial, a la inequidad nacional y al clientelismo político desaforado. 

Por: Salomón Kalmanovitz para Elespectador.com

La reforma pensional de la Ley 100 constituye uno de los grandes fracasos de la historia del país


El engaño pensional


Basada en la información de otros países, la administración de César Gaviria estableció el sistema privado de pensiones y a regañadientes accedió a mantener la modalidad de prima media del ISS.

Hasta ese momento operaba con el sistema público solidario de prima media (pensiones se cubren con las cotizaciones de los afiliados). La relación pensionados-cotizantes era de 1 a 9, el sistema no tenía mayor problema para mantener mesadas correspondientes al 75% del ingreso promedio. El ISS, con cotizaciones entre 7 y 10%, operó durante décadas con ingresos superiores a los egresos.
La reforma se fundamentó en los estudios de Fedesarrollo y DNP. Decían que la modalidad de capitalización estaba en capacidad de ofrecer beneficios superiores al 75% del ingreso promedio del ISS (prima media). Se montó tamaña propaganda invitando a la gente a pasarse a los fondos privados (AFP) prometiendo mayores beneficios que en el sistema público. La apertura de los fondos estuvo acompañada de una avalancha de afiliados alentados con falso señuelo. Mostré que las AFP con el sistema de amortización empleado no garantizaban pensiones de más de 25% del salario promedio.
El balance no podía ser más absurdo. El sistema público se quedó con los pensionados y los afiliados se desplazaron a los fondos privados. A tiempo que el ISS quedó desfinanciado porque subió la relación pensionados-cotizantes, las AFP recibieron cuantiosos recursos, y como no tenían clientes, los movilizaron al sector financiero. Los beneficios del sistema privado resultaron tres veces menos que el público. Como en los últimos años aparecieron liquidaciones de los primeros pensionados que lo confirmaron en carne propia, se desató un regreso masivo a la prima media. De mantenerse la tendencia, el sistema público terminaría recuperando a los afiliados y los fondos privados se extinguirían.
La reforma propuesta por el Gobierno consiste en pasar las cotizaciones correspondientes al salario mínimo al ISS, extender un subsidio a los cotizantes de los fondos privados y someter los ingresos por encima del salario mínimo al régimen de capitalización. La mayoría de la población quedaría con pensiones inferiores al 30% del ingreso promedio y traería consigo el empobrecimiento de los grupos medios de mayor edad.
Lo grave es que no guarda relación con la realidad nacional. El país está en la fase en que los cotizantes crecen por encima de los pensionados. La relación pensionados-cotizantes es de 1 a 7, lo que permitiría operar con la cotización actual de 13% y reconocer el 75% del salario promedio. En Europa es de 1 a 3 y tiende de 1 a 2.
El Gobierno, en lugar de reconocer el fracaso del sistema de privatización, profundizar sobre las causas y transformarlo a la luz de la experiencia, enfila baterías para evitar el naufragio. La propuesta salva a las AFP a cambio de minimizar la modalidad de prima media y reduce el subsidio del presupuesto, pero no toca los grandes problemas, como las pensiones privilegiadas sin fundamento financiero de los altos funcionarios del Gobierno, las cortes y el Congreso, la baja cobertura y los escasos beneficios de las AFP.
Por: Eduardo Sarmiento Elespectador.com

A dynamic stochastic general equilibrium fiscal model for the Colombian economy.

Fiscal Policy in a Small Open Economy with Oil
Sector and non-Ricardian Agents.




Macroeconomic stability is one of the key ingredients to enhance economic growth. Nonetheless, the development of a more integrated world during the last couple of decades has put forward the need to introduce more instruments to achieve this elusive goal. In this sense, not only the monetary policy
has a role but also the fiscal policy has gain relevance as an important element in overcoming this challenge. This is true for both developed and emerging market countries.

In the particular case of small open economies characterized by endowments of natural resources, such as oil, it is common for them to be hit by shocks that result not only in the so called Dutch disease but also in economic instability. Another characteristic that might reinforce this instability, in some of these economies, is the presence of great proportion of agents that do not have access
to capital markets to smooth consumption (non-Ricardian agents). These consumers, who receive transfers coming from higher oil revenues, consume all their disposable income period by period, which contributes to macroeconomic volatility.

Colombia is one example of this kind of small open economies with a significant size of credit constraint households and oil revenues. Even though its GDP has been growing at a positive rate, the economy as a whole has showed high economic instability since 2004. The rise in oil prices during the last decade resulted in large capital inflows coming from foreign direct investment (FDI) as a
percentage of GDP (particularly in the oil sector). FDI increased a 4.0% between 2004 and 2011 compared to a 2.2% between 1993 and 2003 (Garavito, Iregui and Ramirez, 2012). The exchange rate presented a real appreciation of 30% between 2004 and 2011. The ratio of credit to GDP increased from 46.1% in 2004 to 67.7% in 2008. Something similar occurred with asset prices, whose real index went from 140.0 to 416.4 in the same period. Finally, economic growth went from 3.5 % in 2005 to 7.5% in 2007 and slowed down to 0.1% during 2009; but the bubble remerged fueled by capital
inflows in 2011.

https://docs.google.com/file/d/0Bwzb3MtvptVLRVREdl80RHh3c0E/edit?usp=sharing

jueves, 14 de febrero de 2013

Unión pacífico los estados que conforman la Alianza ocupan, en bloque, el segundo puesto en crecimiento mundial y el sexto en atracción de inversiones


La Alianza del Pacífico recibe el apoyo de los congresos de los países miembros



Los presidentes de los congresos de Colombia, Chile, México y Perú manifestaron hoy en Lima su apoyo al proceso de integración política y económica nacido con la creación, hace dos años, de la Alianza del Pacífico.

Un pronunciamiento en ese sentido fue suscrito por los presidentes de la Cámara de Representantes de Colombia, Augusto Posada Sánchez; de la Cámara de Diputados de Chile, Nicolás Monckeberg Díaz; de la Cámara de Diputados del Congreso de México, Francisco Arroyo Vieyra; y del Congreso del Perú, Víctor Isla.

Los legisladores ratificaron, con su firma, el propósito de lograr un proceso de integración más abierto en las áreas política y económica, "compartiendo anhelos y desafíos" entre los cuatro países, que representan en conjunto el segundo puesto en crecimiento económico mundial y el sexto en atracción de inversiones.

El documento también expresó el apoyo de los legislativos al establecimiento progresivo, a partir de marzo próximo, de un arancel cero para el 90 % de los productos que comercializan sus países y la eliminación de las barreras comerciales.

Víctor Isla destacó, al respecto, que actualmente sus países afrontan "desafíos de la globalización" y que esos son "los retos de un crecimiento económico que se debe convertir en desarrollo". "Son factores de unión que debemos llevarlos a la práctica porque fueron sueños de integración de los patriotas que nos antecedieron", afirmó.

Posada indicó, por su parte, que el 55 % de las exportaciones de América Latina proviene de los países de la Alianza del Pacífico, un bloque que representa a 200 millones de habitantes y al 34 % del Producto Interno Bruto (PIB) de la región. El legislador colombiano adelantó que su país planea firmar 14 nuevos tratados de comercio con otras naciones hasta el 2014.

Monckeberg ratificó, a su turno, que los estados que conforman la Alianza ocupan, en bloque, el segundo puesto en crecimiento mundial y el sexto en atracción de inversiones. "Queremos lograr que nuestro continente sea un verdadero puente hacia el Asia Pacífico", expresó el titular de la Cámara de Diputados de Chile.

El presidente de la Cámara de Diputados de México, Francisco Arroyo, consideró que es necesario relanzar económica y políticamente a América Latina y que "la renta del crecimiento se base en la productividad y en el fortalecimiento del salario".

El acuerdo firmado por los legisladores señaló la importancia de fortalecer los esquemas de integración de América Latina como espacios de concertación y convergencia que se orientan a fomentar el desarrollo económico y social, y un regionalismo abierto que permita una eficiente inserción en el mundo globalizado, facilitando la vinculación con otras iniciativas regionales.

Al final del acto celebrado en la sede del Congreso, los tres legisladores visitantes fueron condecorados con la Medalla de Honor del Parlamento peruano, en el Grado de Gran Cruz. Los organismos receptores de cooperación internacional de los cuatro países también sostuvieron hoy una videoconferencia para concretar el traspaso de la presidencia del Grupo Técnico de Cooperación de la Alianza del Pacífico.

El director ejecutivo de la Agencia Peruana de Cooperación Internacional (APCI), Luis Olivera, traspasó la presidencia del Grupo Técnico de Cooperación (GTC) de la Alianza del Pacífico al director de la Agencia de Cooperación Internacional de Chile, Jorge Dacarett.

Olivera destacó que el GTC diseñó el año pasado la Plataforma de Movilidad Estudiantil y Académica de la Alianza del Pacífico y el proyecto Red de Investigación Científica en materia de Cambio Climático, entre otros

lunes, 11 de febrero de 2013

Ojo!..incrementar las barreras a las importaciones revalúa más la tasa de cambio


Proteccionismo y tasa de cambio

Uno de los temas económicos del momento es la revaluación de la tasa de cambio. Con sobradas razones, el sector productivo ha expresado su preocupación por el nivel de la tasa de cambio que hoy, en pesos, está en el nivel que tenía en 1999.



El ministro de Hacienda ha manifestado que no se inclina por el uso del proteccionismo para enfrentar el problema de la revaluación, que las cifras sugieren que la tasa de cambio está revaluada con respecto al nivel de equilibrio de largo plazo (que sería del orden de $1.900 a 1.950 por dólar), y que el Gobierno no descarta ningún instrumento para enfrentar la revaluación del peso.

Al respecto, hay por lo menos cinco cosas que valdría la pena resaltar. Primero, incrementar las barreras a las importaciones revalúa más la tasa de cambio, pues al importar menos se disminuye la demanda por divisas. Este efecto ha sido verificado por economistas como Carrera y Restout (2008). Es decir, el proteccionismo beneficia a unos sectores protegidos a costa de otros sectores del país, y a costa de una mayor revaluación de la tasa de cambio.

Segundo, no está claro que los gobiernos o los bancos centrales sean mejores que el mercado para determinar cuál es la tasa de cambio de equilibrio. En otras palabras, cuando un gobierno trata de corregir el nivel de la tasa de cambio, en lugar de estar acercándola al equilibrio, puede estar alejándola del mismo.
Tercero, la tasa de cambio real, que es la que realmente importa y que está determinada por la tasa de cambio en pesos, la inflación doméstica y la inflación en el resto del mundo, es un resultado y no un instrumento de política. Y siendo un resultado, vale la pena preguntarse si el objetivo de la política pública debe ser la tasa de cambio, o si más bien los objetivos deben ser la eficiencia, la equidad y el bienestar.
Cuarto, en un estudio reciente, Lama y Medina (2012), funcionarios del Fondo Monetario Internacional, analizan el rol del intervencionismo en la determinación de la tasa de cambio para enfrentar la llamada enfermedad holandesa, que se presenta cuando un boom en las exportaciones de un sector (por lo general, minero) lleva a una revaluación que reduce la rentabilidad en otros sectores (por lo general, agrícolas e industriales). Estos autores encuentran que ese intervencionismo puede ser altamente distorsionante y reduce el bienestar de un país como un todo, protegiendo a unos sectores a costa de generar una peor asignación de recursos en la economía.
Quinto, los economistas sabemos que un mayor ahorro nacional contribuye a la devaluación de la tasa de cambio. Como incrementar impuestos no es fácil, y se acaba de aprobar una reforma tributaria, el camino sería reducir el gasto público. Pero el gasto en Colombia es difícil de reducir, pues es muy rígido por Constitución y por las leyes y sus reglamentaciones vigentes. En este caso, los esfuerzos se deberían orientar a mejorar la calidad del gasto. Desafortunadamente, esto último ni es fácil y ni es instantáneo.
Finalmente, el debate sobre la tasa de cambio pasa de ser un debate económico a ser un debate político. Y como tal, si el Estado va a hacer uso de toda su capacidad para enfrentar la revaluación, entonces, como lo sugiere la Oración de la Serenidad (y una caricatura en un conocido texto de macroeconomía), ojalá que nuestras autoridades económicas acepten las cosas que no pueden cambiar, tengan coraje para cambiar las cosas que sí pueden (y deben) cambiar, y tengan sabiduría para saber distinguirlas.


Por: Hernán Vallejo G
 Profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes.

En verdad, el país está basado en un modelo que privilegia el abaratamiento de las importaciones y la baja de la inflación


El camino del retorno
Por: Eduardo Sarmiento


El país está viviendo de nuevo el fracaso de las dos teorías centrales que sirvieron de fundamento para montar el modelo económico de los últimos veinte años.

Primero, la teoría de la ventaja comparativa, que dictamina que el libre mercado conduce a una especialización en los productos que son elaborados a menor costo relativo y adquirir los otros en el exterior, y llevó a desmontar los aranceles, a firmar el TLC con Estados Unidos y extenderlo a todo tipo de países. Segundo, la teoría de la neutralidad del dinero que inspiró el banco central autónomo, que le da prioridad a la inflación sobre cualquier otro objetivo, y se materializa en el criterio de inflación objetivo, el tipo de cambio flexible y el balance fiscal.

La primera teoría condujo a un desmonte arancelario que ocasionó una estructura productiva en que la producción se realiza en la minería y los servicios y la mayor parte de la demanda de bienes industriales y agrícolas se adquiere en el exterior. La segunda significó una serie de interferencias con la producción y el empleo y una revaluación persistente del tipo de cambio.

Las dos teorías en su conjunto ocasionaron un monumental y creciente déficit en cuenta corriente que terminó configurando una severa deficiencia de demanda efectiva (exceso de ahorro). Al igual que los países periféricos de Europa, la economía quedó expuesta a presiones contractivas que no pueden enfrentarse fácilmente con las políticas convencionales.

Infortunadamente, esta realidad no se ha querido entender en los círculos oficiales. La avalancha de importaciones se atribuye a prácticas ilegales. La revaluación se interpreta como consecuencia del progreso que atrae inversión extranjera y presiona las tasas de interés al alza. Las soluciones han resultados tan ligeras como el diagnostico. De un lado, se procedió a elevar los aranceles de una serie de productos, y de otro, el Banco de la República redujo la tasa de interés de referencia y elevó la compra de divisas.

En verdad, el país está basado en un modelo que privilegia el abaratamiento de las importaciones y la baja de la inflación. Si bien los dos propósitos son respetables, se alcanzaron a notar serios daños en la industria, la agricultura, el empleo y la estabilidad cambiaria. Lo grave es que la revisión del modelo se está realizando al golpe de los hechos.
Quiérase o no, las circunstancias obligarán al Gobierno a extender los aranceles a las confecciones y el calzado y los subsidios al café a otros sectores que enfrentan situaciones similares. Así, la economía se mueve dentro de la contradicción de que por una ventanilla aprueba acuerdos de libre comercio y por otra se intenta contrarrestar sus efectos elevando los aranceles al resto de países.

Por su parte, el Banco de la República está empeñado en el propósito imposible de inducir una cuantiosa devaluación dentro de un marco de severa austeridad monetaria y bajas metas de inflación. Las autoridades monetarias se resisten a fijar el tipo de cambio y anunciar que a ese valor se adquirirá la totalidad de las divisas, al igual que establecer metas más flexibles de inflación, en parte porque contradicen la principal función del Banco. Pero los fracasos reiterados, tarde o temprano, se llevan por delante los dogmas.

En fin, la economía se extravió con un mapa que suponía que la Tierra es plana. El camino de retorno no será fácil mientras no se reconozca el error de las teorías dominantes que privilegian el abaratamiento de las importaciones y la inflación con respecto a la producción y el empleo, las sustituya por otras más cercanas a la realidad y enmarque las rectificaciones dentro de un programa coherente. El peor de los mundos es un sistema dictado por el susto de las cifras imprevistas

jueves, 7 de febrero de 2013

El experimento ocasionó el desplazamiento de la industria y la agricultura, y configuró un déficit creciente


TLC ruinoso

Por: Eduardo Sarmiento

La teoría ya había fracasado. El experimento ocasionó el desplazamiento de la industria y la agricultura, y configuró un déficit creciente de la balanza de pagos que confluyeron en el colapso de 1999.



En la década que siguió a su adopción, la economía registró el peor desempeño del siglo; el crecimiento avanzó al ritmo más bajo, el empleo supero el 20% y la informalidad subió y se mantuvo en 65%.Pero no se aprendió de la experiencia. Luego de una modesta y corta reactivación se volvió a las mismas. Se continuaron bajando los aranceles, se dieron ventajas a la inversión extranjera en minería y se consintió durante nueve años la mayor revaluación del planeta. Aún más dramático, la apertura se profundizó con el TLC, que resultó totalmente asimétrico, porque bajó más los aranceles de Colombia que los de Estados Unidos. Todos los estudios mostraban que el acuerdo inducía un aumento en las importaciones muy superiores al de las exportaciones que ampliaría el déficit en cuenta corriente ocasionando la contracción de demanda y producción.

Como se mostró en esta columna, a los pocos días de firmarse el acuerdo se verificaron las predicciones. Las importaciones de alimentos, confecciones, plásticos y autopartes se dispararon. La industria entró en un proceso creciente de resquebrajamiento que en la actualidad se manifiesta en caídas de la producción de 4%. En seis meses se perdieron 700 mil empleos. Ante la avalancha, en el desespero el Gobierno dictaminó un arancel de 10% y un impuesto de US$5 por kilo para las confecciones y el calzado provenientes de países sin acuerdo comercial.
El dispositivo, por ser abiertamente discriminatorio, sólo podrá aplicarse durante un año. En este período el Gobierno tendrá que acudir a otros procedimientos más estructurales y permanentes, y, seguramente, los extenderá a otros sectores en condiciones similares.
La medida se ha presentado como una forma de detener el comercio ilegal. Como de costumbre los fracasos se ocultan culpando a los demás. La verdad es que el Gobierno a regañadientes está dando un paso atrás en la doctrina de mercado. Lo que se gana con la adquisición de los productos a menores precios se pierde con creces por la destrucción de la industria, la agricultura y el empleo.
El país ha quedado en la encrucijada en que por un lado firma TLC y anuncia otros nuevos, y, por otro lado, adopta medidas discriminatorias en contra del comercio, en particular, de América Latina. Y no se advierte una actitud franca de los funcionarios para resolver el conflicto. Ojalá no se repita la experiencia de la zona euro, donde los gestores y defensores de la moneda única persistieron en la mala idea y dejaron que se llevara por delante a los países periféricos.
Lo cierto es que el Gobierno se equivocó en la baja de aranceles, la revaluación y los TLC. En lugar de partir de esta realidad y adoptar una estrategia de conjunto para enfrentar el desbalance externo, acude a acciones puntuales e indefinidas, que postergan la dolencia y no la curan.
HACE 21 AÑOS EL GOBIERNO DE CÉSAR Gaviria adoptó con bombos y platillos la reducción de los aranceles de 45 a 13% y la eliminación de las restricciones a las importaciones para propiciar el comercio internacional, el crecimiento y el empleo. Así, se honraba el dogma de libre mercado de que los bienes deben producirse en el lugar que se elaboran a menor precio. Al final de la semana el presidente Santos comenzó el desmonte del modelo al establecer un arancel y un impuesto a las confecciones y el calzado.

Así funciona la economía de la que dependemos 



Pronóstico de crecimiento para Colombia.. 3%


La economía no marcha en el país

Por: Eduardo Sarmiento

A diario aparecen cifras que confirman que la economía colombiana evoluciona muy por debajo de las previsiones del Gobierno, los organismos internacionales y los centros de estudio afines. No se ha avanzado en explicaciones objetivas sobre la caída de la producción y el empleo y los medios para revertirla.




El Banco Mundial cambió la previsión de crecimiento de 4,4% para 2012 por la de 3,5%, que es igual a la que predije hace un año. Los expertos no explican las razones del desatino. En lugar de analizar las razones que llevan al incumplimiento de las proyecciones y teorías, se insiste en los mismos procedimientos y, lo más grave, en las mismas ideas.Sin mayores consideraciones, el Banco Mundial pasó a emplear el marco de análisis para recomendar acciones de política. 


Sin recato, recomienda hacer una explosión monetaria bajando las tasas de interés y reduciendo los encajes. Lo que no dice es que esta política es la misma que se aplicó en 2011 y condujo a la caída en 2012. La monumental expansión del crédito, cuatro veces por encima del ingreso público, impulsó la actividad económica, pero como se advirtió, no era sostenible.


El dispositivo conduce al incumplimiento de las obligaciones, la conformación de pirámides, el alza de los precios de los activos y la reticencia del sistema financiero a otorgar préstamos.

Infortunadamente, la concepción de la ortodoxia gira alrededor del modelo de libro de texto que supone que las economías operan en un equilibrio en que el crecimiento de un año es similar al del año anterior y las alteraciones se autorregulan o las regula la política monetaria de tasas de interés. La realidad es totalmente distinta. La economía colombiana opera dentro de un marco en que la oferta productiva es superior a la demanda efectiva y la diferencia se cubre con políticas anticíclicas, que no son sostenibles. El elevado crecimiento de un año es preludio de la caída del siguiente.
Las perspectivas son preocupantes. La economía entró en el sendero de crecimiento del producto similar al de la población sin aumento del empleo. Las cifras más recientes señalan un serio resquebrajamiento de los sectores centrales; la industria se desploma, la agricultura no sale del marasmo, las exportaciones caen y las importaciones de materias primas y bienes de capital se frenaron. Las condiciones se verán acentuadas por el ajuste salarial por debajo del ingreso per cápita, la elevación de los gravámenes al trabajo dictaminado por la reforma tributaria y el avance de los TLC.
Así, la economía crecerá 2% en el primer semestre y a lo sumo llegará a 3% en el año completo. Aun más grave, el desempleo regresará a los dos dígitos.
Sin duda, la economía se enfrenta a una deficiencia de demanda efectiva ocasionada por el déficit en cuenta corriente y la represión laboral acumulados durante una década. No es una dolencia que pueda superarse con el modelo de inflación objetivo, tipo de cambio flexible y austeridad fiscal, preconizado por los organismos internacionales y aplicado en Colombia en los últimos veinte años. La tasa de interés no está en capacidad de detener la apreciación del tipo de cambio y revertir la contracción de la producción y el empleo.
La devaluación del tipo de cambio y la recuperación del crecimiento requieren un paradigma antagónico. La receta puede materializarse con una abierta intervención en el mercado cambiario, tanto mediante la limitación de la inversión extranjera para la minería como la compra de divisas sin restricción monetaria, y la ampliación del déficit fiscal orientada a elevar el poder adquisitivo de los trabajadores de menores ingresos. 

Hoy en día el producto agrícola es apenas el 7% del PIB


Reformas agrarias
Por: Eduardo Sarmiento
El proceso de paz revivió el debate sobre la reforma agraria. Las condiciones son muy distintas a las de hace 50 años, cuando la agricultura representaba el 40% de la riqueza y el ingreso nacional.


Hoy en día el producto agrícola es apenas el 7% del PIB. Las transformaciones del sector solo pueden tener efectos notables en la medida en que eleven la producción y el ingreso rural.
La discusión sobre el sector ha girado alrededor de los tamaños de las unidades productivas. Las Farc se mantienen dentro de su posición tradicional de erradicar el latifundio, pero se aprecia una mayor flexibilidad con respecto al pasado, en cuanto que se acepta el criterio de productividad. En la práctica, se estaría hablando más de la eficiencia que del tamaño de las propiedades.

Los asesores del Gobierno han vuelto a la información que muestra que la productividad de la tierra disminuye con el tamaño de las propiedades y, en consecuencia, proponen reducir el tamaño de las grandes y aumentar el de las pequeñas para elevar la producción y los ingresos del campo. El buen propósito carece de una validez científica. Debido a las economías de escala en los insumos agrícolas, como mano de obra, riego, fertilizantes y semillas, la mayor productividad de los cultivos pequeños se compensa con los mayores costos por hectárea. Así, la simple ampliación del acceso de los pequeños productores a la tierra sería inocua. Los productores se resistirían a aceptarlo, porque les significa un aumento de los gastos en los insumos y no tienen seguridad de colocar la mayor producción en el mercado.

Es hora de que se entienda que el atraso de la agricultura no obedece a la oferta. El área disponible es muy superior a la cultivada y el Gobierno dispone de extensas confiscaciones de tierra. En El modelo propio, que reapareció en una nueva edición, muestro que la verdadera causa del retroceso del sector ha sido la deficiencia de demanda efectiva ocasionada por la baja elasticidad precio de los alimentos.

La agricultura no puede recibir el mismo tratamiento en todos los productos. Al igual que en la industria, unos cultivos tienen características que conviene explotar en tamaños reducidos y otros gozan de economías de escala que requieren hacerlo en tamaños grandes. Estos últimos adquirieron una importancia especial en los últimos años. Los estudios de casos y la experiencia de Brasil en el Cerrado muestran que algunos cultivos, en particular los cereales producidos en los países temperados, están expuestos a economías de escala que pueden ser explotadas en grandes extensiones de tierra y redundan en enormes aumentos de la producción, reducción de costos por hectárea y baja de precios.

El camino no está exento de dificultades. De un lado, el desarrollo de los productos medianos y pequeños está limitado por los costos y la demanda. De otro lado, la explotación de los cultivos temperados, que tienen la mayor demanda mundial y están expuestos a economías de escala, requiere grandes inversiones en que los consorcios nacionales e internacionales tienen claras ventajas y no pueden ser restringidos por el TLC.

Sin duda, el mercado y los TLC aparecen como serios obstáculos para la reforma agraria y la desconcentración del sector. El antídoto no puede ser distinto de una empresa estatal, como Embrapa en Brasil, que realice las grandes inversiones en asociación con las empresas comunitarias y les traslade las ganancias a los pequeños agricultores en forma de apoyos que reduzcan sus costos y les permitan bajar los precios para ampliar la producción y el tamaño. De esta manera, se sentarían las bases para reducir las desigualdades dentro del sector rural y acortar la brecha entre éste y el urbano.

Nadie sabía cómo sacar esos millones de sacos hacia los puertos: ni siquiera los diez mil bueyes de Letras lograban bajar el café al Valle del Magdalena


Los caminos de hierro de la memoria 3
Por: William Ospina
Nuestro gran desafío desde el comienzo era unir y comunicar el país.



Pero a la extrema diversidad geográfica se añadía la complejidad racial, la opresión de indios y de esclavos, el culto a las metrópolis ilustres y el menosprecio por todo lo local. Esta geografía impuso proezas, sufrimientos y brutalidades. La exploración del territorio, el paso de los ríos y hasta la apertura de caminos exigieron desde el comienzo hazañas heroicas.
Pero también esa diversidad, unida a las odiosas estratificaciones que dejó la colonia, a la disputa por las riquezas del suelo y por el suelo mismo, nos hundió sin cesar en guerras y conflictos. Pocas cosas tan difíciles de seguir y de explicar como la sucesión de las guerras colombianas.
Los caminos, que prometían el progreso, también abrieron paso al conflicto incesante. No es por realismo mágico que García Márquez habla de las 32 guerras del coronel Aureliano Buendía. Mientras llegaba el cultivo del café a las tierras quebradas de Caldas, Colombia vivía la guerra civil de 1851, la del 54, la del 60, la del 76, la del 85 y la del 95. Después, la Guerra de los Mil Días le costó al país 200.000 muertos, el cinco por ciento de su población, que es como si hoy una guerra arrebatara dos millones de vidas.

El Gobierno había confiado al alemán Elbers la navegación por el Magdalena, pero en Honda los raudales impedían que las naves alcanzaran la parte alta del río. Había un tramo que los barcos de gran calado no podían superar, y eso hizo aun más necesarios los ferrocarriles.
Antes del café, la economía giraba alrededor del tabaco. Por primera vez los ingleses abandonaron las minas y pusieron su interés en otro producto. Todavía en Ambalema la casa de los ingleses, que manejó el embarque de tabaco hacia Europa, y la casa donde se prensaban las hojas, esperan su restauración y su nuevo destino.

Los ingleses habían explotado las minas de Marmato y Supía, las minas de Mariquita y Santa Ana. Hijo de un ingeniero irlandés era Diego Fallon, el poeta que descubrió a la Luna en los cañones del Gualí, y que escribió el poema más famoso de Colombia antes de que llegara la música de José Asunción Silva.
Esos británicos traían ya “la mineralogía, la mecánica aplicada, la teoría del calor, la química inorgánica, los métodos geofísicos, el sismógrafo, la ingeniería de vías, los reactivos químicos, la rueda hidráulica, la técnica de amalgamación”. Traían el molino liviano de pistones, el monitor hidráulico, la draga flotante; pasaron del mercurio al cianuro, trajeron la turbina Pelton y la dinamita.

Mientras el país se desangraba en la Guerra, entre 1899 y 1903, que fue también responsable de la pérdida de Panamá, la cosecha de los campesinos cafeteros de Caldas abrió para el país un horizonte nuevo. Pero había un problema.
Nadie sabía cómo sacar esos millones de sacos hacia los puertos: ni siquiera los diez mil bueyes de Letras lograban bajar el café al Valle del Magdalena. Entonces Tomas Miller y sus ingenieros ingleses hicieron una propuesta genial: tender un cable aéreo por aquellos abismos, llevar en vagonetas desde Manizales hasta Mariquita la cosecha cafetera.

En 1912, bajo la dirección del ingeniero australiano James Lindsay, empezaron las obras que parecían imposibles. El tendido de los cables se hizo desde Mariquita, subiendo la cordillera. La guerra del 14 interrumpió por un tiempo los trabajos y se dice que el barco que traía una de las torres principales fue hundido por alemanes en el Atlántico. Ello hizo necesario reemplazar el hierro inglés por troncos de guayacán de las montañas, y en mayo de 1922 un cable aéreo de 72 kilómetros, el más largo del mundo en su tiempo, fue inaugurado en un banquete donde giraba por un gran salón, llevando flores en sus vagonetas, una réplica en miniatura de la obra.
Ese cable convirtió a Manizales en la ciudad más dinámica del país. Todavía era un pueblo grande de casonas de tabla parada y balcones de colores, una imprudente sucesión de casas de madera pegadas una a otra como jamás lo habrían recomendado los ingleses, y con una catedral de cedro, nogal y maderas balsámicas que era orgullo de los piadosos campesinos iniciados en las costumbres urbanas.

En 1925 un incendio consumió 32 manzanas y las llamas alcanzaron a morder la catedral perfumada. Un año después un segundo incendio se llevó otras manzanas y devoró la catedral por completo. La ciudad emprendió su reconstrucción con edificios diseñados por arquitectos notables y se empeñó en alzar una catedral capaz de resistir a dos grandes enemigos: el fuego implacable y los terremotos que desmoronaban los barrios en el abismo.
Necesitaba inventarse un pasado: se aferraba al gótico, al hispanismo, a las filigranas del mundo grecolatino, pero también quería estar a la altura de la modernidad. Un biznieto de aquel Julius Richter que había venido a trabajar en las minas, Danilo Cruz Vélez, discípulo de Heidegger en Friburgo, habría de convertirse en uno de los más importantes filósofos de Colombia.

John Wotard diseñó en 1926 la estación del ferrocarril. La catedral vertiginosa, vaciada en concreto, hecha para desafiar al volcán y al incendio, fue diseñada por Julien Auguste Polti, jefe de monumentos públicos de París, y se convirtió en 1939 en el ápice de aquella ciudad de contrastes, todavía llena de brujas y aparecidos, todavía olorosa a yerbabuena y a musgo, pero que era ya la capital de la primera comarca campesina en Colombia conectada de verdad con el mundo.

*William Ospina

Lo que vemos aquí fue la lenta, inevitablemente violenta, población de las tierras centrales


Los caminos de hierro de la memoria (II)
Por: William Ospina
En Manizales, para poder hacer la casa, había que hacer primero el lote.



Esa leyenda popular ilustra las dificultades de los hombres que decidieron fundar aquel caserío a la vez en las crestas de la cordillera y en el corazón de una selva. Una valiosa antología: Manizales, su historia y su cultura, de Pedro Felipe Hoyos, permite ver ese impresionante proceso que convirtió un poblado lluvioso de mediados del siglo XIX en la más dinámica ciudad del país a comienzos del XX.

Empezó en 1834, cuando una segunda oleada de colonos salió de Marmato, el pueblo de oro colonial construido a riesgo sobre los túneles de la montaña. Con Antonio Arango y con Nicolás Echeverry venía el alemán Wilhelm Deghenhardt: querían conocer el nevado del Ruiz, estudiar su potencial minero, aprovechar la descendencia cimarrona de un ganado abandonado en otras décadas que ahora proliferaba en los páramos.
Diez años después, Arango y Echeverry, acompañados entre otros por Manuel Grisales y Agapito Montaño, por Benito Rodríguez y Gil Vicente, a quien llamaban Capón Saraviado, volvieron con once bueyes a buscar más ganado, y terminaron fundando un caserío. Así eran esos tiempos, a veces resultaba tan difícil volver al sitio de origen, que era preferible inventar otro pueblo.

Lo que vemos aquí fue la lenta, inevitablemente violenta, población de las tierras centrales: colonos contra indígenas, terratenientes contra colonos, todos contra la naturaleza, y la naturaleza contra todos. Manizales, tal vez porque fue tan difícil fundarla en las crestas de la cordillera, entre los remezones de la tierra y el rugido del volcán, entre el barro de los deslizamientos y la tristeza de la lluvia, se fue convirtiendo en el centro de un mundo.
Algunos de los primeros colonos, después mitologizados como “Los Fundadores” y exaltados en su escultura tutelar por Luis Guillermo Vallejo, tras mil conflictos con la concesión Aranzazu ascendieron a terratenientes y emprendieron una exitosa carrera como agricultores y comerciantes. Cultivaron cacao y domaron la hacienda cimarrona para establecer la primera industria de lácteos. Lo que había sido selva se cruzó de caminos: ya en las hondonadas se oían más las hachas que los pájaros.
El cacao ensanchó los caminos que iban a la tierra de origen; el comercio de quesos los abrió hacia las llanuras inundadas del sur y a las mansiones y claustros del Cauca Grande. Las tierras ofrecidas por el gobierno estaban repartidas pero los colonos seguían llegando: siguió la colonización de las selvas del Risaralda, y otra tierra prometida, los yarumales y los guaduales infinitos del Quindío.

El difunto Elías Gonzales había trazado un camino sobre la cuerda floja del abismo de Letras, para salir al Valle del Magdalena y conectar con el centro del país y con el mundo. A finales del XIX, ya diez mil bueyes recorrían esa ruta de tierra inestable, “hondos fangales donde las bestias se consumen hasta los pechos”, ríos de piedras, redes de raíces, derrumbaderos de greda, suelos de estacas y de púas, una telaraña de chorros y saltos y resbaladeros casi borrados por la niebla, y una lluvia incansable sobre tantos fantasmas de mulas y bueyes y peones despeñados. Baste saber que un viento atroz mató a cuarenta mulas un día en un solo paso de la montaña.

Bajaban al puerto de Honda el fruto de las tierras colonizadas, subían manufacturas de los países industriales. El avance hacia el sur fundó entre tantos pueblos a Pereira, sobre el Otún, en las ruinas de la vieja Cartago, a Armenia y Chinchiná, Caicedonia y Sevilla. El descenso al oriente fundó a Soledad, tan parecida a su nombre que mejor se lo cambiaron por Herveo, y a Fresno ante la primera luz de la planicie. Líbano, Villahermosa, Casabianca, Murillo, Manzanares, Pensilvania: no hubo desde la Conquista una fiebre de fundaciones como esa, que llevó incluso a la quinta fundación de Victoria. Donde las mulas se echaban con las petacas corría el riesgo de nacer algún pueblo.

En las últimas décadas del siglo XIX la producción anual de café pasó de 60.000 sacos a 600.000. Aunque ya empezaba a cultivarse en las tierras colonizadas, lo producían sobre todo las haciendas de Santander y Cundinamarca. Pero al final del siglo una dramática caída de los precios golpeó las haciendas, y el café del viejo Caldas respondió mejor a la crisis. Abundantes hijos proveían la mano de obra y la calidad del café cosechado era mejor.
Pero nadie sabía que lo que estaba naciendo era una región económica y que, aunque poderosa, esa economía no significaría tanto opulencia como estabilidad: una dinámica de la que podían participar tantas familias hizo nacer una tradición de arraigo y de orgullo, abrió camino a una democracia posible, dio poder de consumo a los productores, integró al país comunicando sus regiones, enlazando el norte y el sur, el oriente y el occidente.

No habían llegado los tiempos bárbaros en que el precio final de los productos es más importante que el orden que propicia su cultivo, no habían llegado los tiempos en que se podía destruir un orden social y familiar, todo un sistema de trabajo y de relaciones humanas, sólo porque los productos puedan conseguirse más baratos en otra parte.

Hasta alemanes como Julius Richter, que soñaban aún con El Dorado, descubrieron que el oro estaba menos en las minas que en las ramas: muy pronto una pequeña región del centro del país iba a hacer visible a Colombia en el mercado mundial, y nos asomaría a los primeros sueños de la modernidad.
Para que ello ocurriera, entraron en acción los ingleses.

* William Ospin

El inicio de una historia grande, de semblante firme y enseñanzas revestidas de oro


Los caminos de hierro de la memoria (I)
Por: William Ospina
Hacia 1840, la extensa región que conformaría más tarde el Eje Cafetero colombiano era una selva casi impenetrable, entre el cañón del río Cauca y el valle del Magdalena, entre las últimas parcelas del sur de Antioquia y las primeras haciendas del Valle del Cauca.



Parecían tierras intocadas por la historia, pero sus pobladores antiguos, pantágoras, onimes, marquetones, gualíes, ebéjicos, noriscos, carrapas y picaras, exquisitos ceramistas quimbayas y refinados orfebres calimas, habían sido arrasados tres siglos atrás por la Conquista, por las espadas de Robledo y las herraduras de César, las lanzas de Jiménez de Quesada, las jaurías de Galarza y los incendios de Núñez Pedrozo.

Una densa vegetación de guaduales y guarumos, guarandás y guayacanes, guamos y guásimos, carboneros y palmas de cera amanecía en el bullicio de todas las aves del mundo; jaguares y serpientes, osos y venados silvestres, armadillos, guatinajos, zaínos y zorros, vivían bajo los millares de monos que saltaban entre los árboles. Pero esas selvas vírgenes guardaban la memoria de su pasado: incontables obras de arte y de religión, cementerios de indios revestidos de oro.

Parecían también selvas sin dueño, pero desde la Conquista la tierra de todos se había vuelto tierra de unos cuantos. Tras la Independencia los latifundios pasaron íntegros de manos españolas a manos de generales criollos o empresas extranjeras, y uno de los mayores estaba precisamente en aquella región de la cordillera central: eran las 200.000 hectáreas de la Concesión Aranzazu. Según las escrituras, en 1763 el rey de España se las había concedido a José María de Aranzazu; un siglo después sus herederos criollos y sus aliados ejercían allí un dominio implacable.

Explotaban minas de oro y mercurio, y defendían a sangre y fuego las fronteras de aquel país privado, sus selvas llenas de tesoros. Pero a mediados del siglo XIX éramos ya más de dos millones y medio de habitantes; las regiones pobladas estaban saturadas de gente, y comenzó la forzosa expansión de caucanos, santandereanos y antioqueños hacia las tierras vírgenes.

Si ya el latifundio de Felipe Villegas se había convertido en los municipios de Abejorral y Sonsón, ¿no era justo que las selvas de los Aranzazu se convirtieran también en pueblos y ciudades, en parcelas de miles de colonos y no en el feudo de una sola familia? Allí comenzó otra de las guerras colombianas que apenas se han contado: la de la Concesión Aranzazu contra los colonos que venían descubriendo de árboles y venados las tierras cultivables.
No creían que las montañas del centro del país fueran excelentes para la agricultura: venían buscando el oro que olvidaron los conquistadores. Lo mismo las minas inexploradas que el oro de las tumbas indígenas. Rosarios y escapularios, hisopos con agua bendita y cruces de mayo rezadas por obispos los protegerían de los ensalmos y maldiciones que sellaban las tumbas. Tomaban los poporos y los pectorales, arrojaban huesos y cántaros, y encima de las guacas abiertas alzaban chozas y enramadas.

Uno de los pioneros de la colonización había sido Fermín López Buitrago, quien recorrió temprano aquellas tierras fundando pueblos de un día y trazando caminos que después nadie pudo borrar. Fundó a Salamina, llegó a lo que sería Manizales, pero de todas partes lo expulsaban los dueños de todo, hasta que finalmente en Santa Rosa pudo fundar otro pueblo duradero. Siguiendo su rastro creció con las décadas la presión de los colonos: algunos sólo traían hambre, otros recuas de mulas y de bueyes. Siempre tropezaban con los esbirros de Aranzazu y de los socios González y Salazar, que esgrimían sus títulos, quemaban las chozas y los caseríos, y asesinaban a los colonos.

Colonos indignados mataron en el puente de Neira a uno de los hombres más ricos del país: Elías González, socio de la gran Empresa, dueño de tabacales en Mariquita y de salinas en Neira; un poderoso señor feudal que estaba construyendo por razones privadas uno de los caminos más difíciles del país: el que uniría por los abismos del Ruiz sus minas de sal en Salamina con sus haciendas de tabaco en el valle del Magdalena.
Para apagar la guerra el gobierno dividió por fin la Concesión. Dejó a sus dueños 90.000 hectáreas y repartió 110.000 entre los colonos. Así nacieron Marulanda, Filadelfia, Aranzazu, Neira y Manizales.

Vinieron más colonos, y acompañando aquel avance venían los mineros ingleses. Estaban aquí desde las guerras de Independencia; a cambio de sus empréstitos recibieron licencias para explotar las minas. Sabían que los españoles sólo habían extraído el oro que puede obtenerse con brazos y picas, pero ellos traían técnicas nuevas y poderosas porque Inglaterra estaba siendo transformada por la Revolución Industrial. Fue tal su influencia, que las nuevas fincas y pueblos ya obedecían al estilo de la arquitectura de las colonias inglesas de la India y del Caribe: no eran casas de piedra con patios cerrados y geranios en las rejas sino casas de tabla parada con grandes aleros y corredores de barandas pintadas de colores.

Habíamos vivido por siglos del oro, de la quina, del añil y el tabaco. Pronto se descubrió que aquel suelo recién colonizado era óptimo para el cultivo del café, una planta abisinia que había llegado a Santander de las Antillas, y que ya se cultivaba en La Mesa, en las vertientes de la Cordillera Oriental que miran al Tolima.

Y Colombia pasó de la economía de las grandes haciendas a la de los minifundios cafeteros. No era un cultivo apenas lo que nacía: era una época de nuestra historia.

*William Ospina

sábado, 2 de febrero de 2013

Testimonio visible de una edad del continente, es el espacio ideal de muchas cosas necesarias y urgentes para aprender a habitar con respeto y sabiduría el territorio


Por: William Ospina



Al lado del camino de agua hicieron el camino de hierro. Hacia 1886, un hombre llamado Antonio Acosta estableció en un pequeño puerto llamado La Curva del Conejo, una venta de leña para los vapores que bajaban y subían por el Magdalena.

La destrucción de las selvas había comenzado mucho antes: en típico rebusque colombiano, los vendedores de leña empezaron a potrerizar las orillas, los bosques acabaron en las calderas de los barcos, la tierra que soltaban las raíces se sedimentó en el lecho del río, y fue así como los propios barcos acabaron con la navegación.

Pero por un tiempo el fenómeno le dio prosperidad a aquel poblado, al que llegaron hacia 1904 muchos guerrilleros que había dejado sin oficio el final de la Guerra de los Mil Días. Desde Ambalema, que llenó de humo aromático los pulmones europeos casi un siglo, se estaba tendiendo el ferrocarril que pasaría por Beltrán, San Lorenzo, Mariquita, Honda y Yeguas, hasta llegar a El Conejo, que alguien vislumbraba como gran puerto fluvial del futuro. Y aquellos guerrilleros, cansados de plomo, se aplicaron a otro metal: a tender los rieles del tren en cuyos vagones venía el siglo XX.

Al comienzo, en el mapa, los caminos de hierro eran casi imperceptibles: recomenzaba la lucha con esta naturaleza rebelde. En 1855 ya un ferrocarril, entre Ciudad de Panamá y Colón, había unido el océano Atlántico con el Pacífico. Tímidamente avanzaron las carrileras, como las llamamos en Colombia: de Barranquilla a Sabanilla, de Santa Marta a Ciénaga, de Cartagena a Calamar, de Medellín al Magdalena, de Cúcuta al Táchira, de Medellín a Amagá, de Cali a Buenaventura, de Bogotá a Facatativá, de Bogotá a Girardot, de Girardot a Ibagué con un ramal que seguía para Neiva.
A finales del XIX la iniciativa modernizadora tuvo el respaldo de la administración de Manuel Murillo Toro. A comienzos del XX Rafael Reyes le dio empuje. Y fue Pedro Nel Ospina, ingeniero, quien en 1922, aprovechando la indemnización de 25 millones de dólares que Estados Unidos pagaba por Panamá, intentó la prolongación de aquellos tramos para formar tres grandes troncales ferroviarias: Bogotá-Buenaventura, cuyo principal obstáculo era el paso de Ibagué a Armenia; Pasto-Mompox, que debía pasar por Popayán, Cali, el cañón del Cauca y la Boca de Tocaloa; y la ruta Bogotá-Santa Marta, pasando por Tunja, Sogamoso, el Chicamocha, Bucaramanga y Puerto Wilches.
Cada tramo tenía un desafío: el mayor era la cordillera Central, y en 1914 comenzaron los estudios para unir a Ibagué con Armenia. En 1920 se definió por dónde perforar la cordillera, pasando la depresión de Calarcá, para llegar al Pacífico. Ya habían comenzado los trabajos cuando otra gran depresión, la crisis del año 29, acabó con el proyecto.
Pero así pasó el ferrocarril por Ambalema y recogió las últimas grandes cosechas de tabaco, y así se encontraron en Mariquita las locomotoras de la Dorada Railway Company, con las vagonetas de la Ropeway Branch que bajaban la cosecha cafetera.
Para administrarla, se estableció desde 1905 en Mariquita la Ciudadela Inglesa. Bordeada de canales para controlar inundaciones, era ejemplo notable de la arquitectura de la época. Todavía sobreviven en ruinas, pero con sus estructuras intactas bajo los árboles, la estación del ferrocarril, la estación del cable aéreo, las inmensas bodegas, los talleres, las quintas de ingenieros y la capilla de esa Ciudadela que duró 50 años y que tuvo en su tiempo iglesia anglicana y cementerio inglés.

Un capítulo de nuestra historia parece caerse a pedazos a la sombra de cámbulos y ceibas. Alrededor han construido urbanizaciones, pero de las 42 hectáreas originales queda espacio suficiente para una Ciudadela de la memoria, antes de que sea arrasada por el olvido.
Esos diez mil metros cuadrados de construcciones en peligro nos hablan todavía de gestas asombrosas y promesas frustradas. Tantas cosas se cruzan allí: la ruta de la Expedición Botánica y la memoria de la navegación por el río, la colonización de las selvas centrales, medio siglo de fundaciones, el relato de la Concesión Aranzazu, la saga del café y muchos relatos que marcaron nuestro destino: los diez mil bueyes del Camino de la Moravia, las llanuras del tabaco, las minas de alemanes e ingleses, las ruinas de Santa Ana bajo la luna de Fallon, el tendido de los ferrocarriles, el Cable aéreo que inspiró el de Gamarra a Ocaña y el de Manizales al Chocó, las vagonetas en la niebla del páramo descendiendo hacia la tierra caliente, la edad en que los esfuerzos de nativos, criollos e inmigrantes nos pusieron a las puertas de la modernidad.

Esa historia de hace un siglo cambió la cara de una vasta región y dejó salpicadas de apellidos ingleses a las estirpes criollas de la montaña, pero no sólo es una invitación a recuperar la memoria. La vieja Ciudadela debería convertirse en lugar de visita para viajeros, de trabajo para organizaciones y talleres de creación, en centro de reflexión sobre suelos y pisos térmicos, sobre las relaciones entre los glaciares y el río, sobre clima y transporte, sobre modelos económicos y desafíos ecológicos. Testimonio visible de una edad del continente, es el espacio ideal de muchas cosas necesarias y urgentes para aprender a habitar con respeto y sabiduría el territorio, como nos lo recuerdan cada día, pocos kilómetros al sur, las ruinas de Armero, arrasada por la desmemoria, la negligencia y la ignorancia.

Porque aquí cada pueblo guarda una historia, cada camino significó una hazaña y cada tecnología dibujó una promesa, pero también cada olvido y cada negligencia labraron para muchos una catástrofe.



* William Ospina