domingo, 19 de mayo de 2013

Advertencia Sobre advertencia y una economía con signos de agotamiento


Empleo cero

Tal como lo advertí en columnas anteriores, el mercado laboral se encuentra en retroceso desde el segundo semestre de 2012.
 En marzo el desempleo nacional fue similar al del año anterior y no aumentó por los trabajadores decepcionados que dejaron de buscar empleo. En 12 de las 13 grandes ciudades la tasa se incrementó en forma notoria. Aún más diciente, en el último año el empleo disminuyó 0,1%. La caída que inicialmente se presentó en la industria se extiende a la construcción, la agricultura y el transporte.
El país está pagando los costos de un modelo que le concede prioridad a la minería, deprime el salario y opera con un alto déficit en cuenta corriente. Los trabajadores no tienen los ingresos para adquirir los bienes que pueden producir. Por su parte, las cuantiosas ganancias de las empresas se destinan a inversiones de escasa utilización. Mientras que los ingresos del trabajo aumentan menos de 2%, muy por debajo de la productividad, la inversión crece 7%, muy por encima del producto. No existe la demanda para emplear eficientemente el capital. El bajo ingreso del trabajo contrae la demanda y ésta acentúa el desempleo.
Estamos ante un resultado desconocido. En la Teoría general, Keynes muestra cómo la deficiencia de demanda efectiva conduce a un estado de desempleo y producción por debajo de la capacidad plena. Ahora, se advierte que también deteriora la distribución del ingreso, configurando un círculo vicioso entre el desempleo y la inequidad. Así, la economía colombiana lleva seis años con tasas persistentes de desempleo de dos dígitos y coeficiente de Gini de 0,55, que la coloca entre las siete naciones más desiguales del mundo.
La falta de diagnóstico en el tema se refleja en las proyecciones de las decisiones oficiales. Con la Ley de Primer Empleo y Formalización de la Mano de Obra se justificaron diciendo que crearía 370.000 empleos. La reforma tributaria se presentó como una política de empleo que contribuiría a crecer un millón de puestos de trabajo. El presidente de la Andi estima que el plan Pipe generará 350.000 empleos. Si se tiene en cuenta que en el primer trimestre se perdieron 500.000 empleos, los nuevos puestos de trabajo tendrán que buscarse en Marte.
Por lo demás, no se pueden abrigar muchas esperanzas en los motores de inversión extranjera para la minería y la infraestructura. En la primera se requieren $150 millones para crear un empleo y en la infraestructura física, $80 millones, en tanto que en la industria y la vivienda de interés social se puede hacer con menos de $20 millones.
Durante dos décadas los funcionarios de los gobiernos apostaron que el empleo provendría del crecimiento y el mercado. Sobre esas bases predijeron que el desempleo tendería a ubicarse por debajo de un dígito y la informalidad, de 30%. Ahora pretenden remediar el fracaso con el mismo modelo que lo causó. En consecuencia, han caído en una serie de medidas puntuales orientadas a incrementar el empleo reduciendo los costos laborales, las cuales en unos casos resultan inocuas y en otros contrarias a lo que se pretende.
A la luz de estos resultados, se plantea un enfoque global y sectorial que reconozca la realidad estructural del desempleo. De hecho, se requiere ampliar la demanda efectiva reduciendo el déficit en cuenta corriente, ampliando el déficit fiscal y sustituyendo el motor de la minería por la industria y la agricultura. Lo más urgente es elevar la capacidad de compra de la mitad de la población menos favorecida mediante el salario mínimo y la creación de un subsidio directo a la contratación de trabajadores provenientes de la informalidad.


Por: Eduardo Sarmiento, Para el Espectador

Es una invitación naciente de un análisis hacia la blobalización jurídica humanitaria...




El derrumbe de una fábrica que ocasionó la muerte de centenas de trabajadoras en Bangladesh suscita preguntas trascendentales, como bien lo mostró Cesar Rodríguez en su última columna.
La globalización ha hecho que la ropa producida en una factoría como la de Bangladesh se distribuya y consuma en otros países. Debido a esta desconexión entre los lugares de producción y consumo, los trabajadores representan hoy para el capital internacional un costo y nada más.
La actual situación es, pues, muy diferente del régimen de crecimiento de Europa y Estados Unidos entre 1945 y 1975, que algunos llamaron “fordista” y que se caracterizó por mejoras de las condiciones de trabajo y aumentos constantes del salario real. Esta modalidad de desarrollo, que permitió avances sociales muy significativos, se debió no sólo a factores políticos, como los éxitos de las luchas sindicales, sino también a que el mejoramiento de los salarios resultaba finalmente útil para la economía y los empresarios, pues hacía que los trabajadores fueran también los consumidores de lo que se producía, reduciendo los riesgos de crisis y recesión.
La globalización liquidó ese círculo virtuoso, pues la ropa producida en Bangladesh es consumida en otras partes. El capital no tiene entonces hoy interés económico en mejorar las condiciones de sus trabajadores, pues estos no son los consumidores de sus productos.
Pero, además, la globalización económica no se ha acompañado de una correspondiente globalización jurídica humanitaria (o ésta es muy precaria); el capital circula hoy internacionalmente sin muchos controles, pues las regulaciones protectoras del trabajo siguen siendo esencialmente nacionales y las empresas las eluden migrando de un país a otro. Los empresarios pueden entonces, con relativa impunidad, aprovecharse de condiciones de trabajo terribles, como las que llevaron a la muerte de esas mujeres en Bangladesh.
¿Cómo enfrentar esta situación? Es obvio que debemos seguir luchando para que existan regulaciones internacionales y nacionales que intenten, en forma concertada, prevenir y sancionar estos abusos de las empresas multinacionales. Pero tanto para lograr esos avances jurídicos como para asegurar su eficacia parece igualmente necesaria una intensa movilización social y política. ¿Pero de quiénes?
En 1848, Marx consideró que la salida era la solidaridad internacional obrera y por ello el Manifiesto del Partido Comunista termina con su célebre llamado: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”.
Esa solidaridad trabajadora sigue siendo necesaria. Pero hoy existe tal vez una alternativa complementaria. Y es que se desarrolle un movimiento global de consumidores, que asumamos el compromiso de sólo comprar productos elaborados en condiciones de trabajo decente, a pesar de que sean más costosos. Y que saboteemos a las empresas que desconozcan esos estándares laborales. Hoy parece entonces indispensable un nuevo llamado: “¡Consumidores de todos los países, uníos!”.

Por: Rodrigo Uprimny, para el Espectador

Las nuevas posibilidades para el mundo en desarrollo..



A la conclusión de su cumbre celebrada en marzo en Durban, los dirigentes de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) anunciaron su intención de crear un nuevo Banco de Desarrollo encaminado a “movilizar recursos para proyectos de infraestructuras y de desarrollo sostenible en los BRICS y otras economías en ascenso y países en desarrollo”.
No se puede sobreestimar la importancia de esa decisión. Para empezar, refleja los enormes éxitos en materia de desarrollo sostenible habidos en los cuatro últimos decenios (el PIB agregado de los BRICS es ahora mayor que el de los países avanzados cuando se fundaron las instituciones de Bretton Woods) y la reequilibración de la capacidad económica mundial. De hecho, esa decisión demuestra la capacidad y la disposición de los BRICS para cooperar entre sí en pro de su beneficio propio y del mundo entero. Los mercados en ascenso y los países en desarrollo están tomando su futuro en sus manos en un momento en el que los países ricos se las arreglan como pueden para resolver sus problemas autoinfligidos.   
La necesidad de un nuevo banco de desarrollo es evidente. Tan sólo las necesidades en materia de infraestructuras en las economías con mercados emergentes y los países de ingresos escasos son enormes: 1.400 millones de personas carecen aún de una electricidad fiable; 900 millones, de acceso a agua potable; y 2.600 millones, de saneamiento adecuado. Al mismo tiempo, unos 2.000 millones de personas se trasladarán a vivir en ciudades en el próximo cuarto de siglo. Y las autoridades deben velar por que las inversiones sean medioambientalmente sostenibles.   
Para afrontar esos y otros imperativos que se plantean al mundo en desarrollo, el gasto en infraestructuras tendrá que aumentar de unos 800.000 millones de dólares a al menos dos billones de dólares al año en los próximos decenios. De lo contrario, será imposible lograr la reducción de la pobreza y el crecimiento no excluyente a largo plazo.   
Si bien el sector privado puede atender algunas de esas necesidades, sólo puede llegar a determinado límite, en particular dada la naturaleza de los riesgos que entrañan los proyectos en materia de infraestructuras, los enormes costos iniciales y la gran sensibilidad cíclica de los mercados financieros mundiales. El déficit de recursos supera la capacidad de las instituciones financieras internacionales existentes y, en vista de las dificultades por las que atraviesan los países avanzados, hay que descartar una recapitalización importante. Es probable que la financiación anual para infraestructuras con cargo a los bancos de desarrollo multilaterales y la asistencia oficial para el desarrollo no asciendan a más de entre 40.000 y 60.000 millones de dólares, es decir, entre el dos y el tres por ciento de las necesidades proyectadas.   
Un banco de desarrollo bien integrado en los mercados en ascenso y en los países en desarrollo puede contribuir a colmar ese desfase y pasar a ser un poderoso catalizador en pro del cambio tanto en el mundo en desarrollo como –mediante la colaboración, por ejemplo– en las instituciones existentes. El mundo actual es marcadamente distinto del de la época en que se fundaron el Banco Mundial y muchos de los bancos de desarrollo regionales. El nuevo Banco de Desarrollo propuesto por los BRICS representa una importante oportunidad para reflejar esos cambios, con los instrumentos financieros modernos, una gobernación sólida y un mandato amplio.   
Por ejemplo, los cambios en los mercados financieros (incluidas grandes cantidades de dinero en fondos soberanos y fondos de pensiones públicos) brindan oportunidades para nuevas asociaciones en pro del desarrollo, que el nuevo Banco de Desarrollo puede catalizar y orquestar, como también debería su despliegue de una gran diversidad de instrumentos permitirle afrontar la diversidad de necesidades de proyectos y al tiempo garantizar una gestión adecuada de los riesgos.   
El nuevo banco debe aprovechar al máximo sus efectos multiplicadores compartiendo y reduciendo los riesgos mediante medidas colectivas y otras formas de financiación, dando ejemplos convincentes al adoptar métodos innovadores eficaces en función de los costos y mediante sus repercusiones normativas e institucionales, además de los proyectos que financie.   
Si bien las instituciones más antiguas han intentado adaptarse, su dirección no está en sintonía con las realidades económicas y políticas actuales. Aún no se ha organizado la estructura directiva del nuevo banco, pero promete ser más coherente con los mejores procedimientos contemporáneos. Lo más importante es que el nuevo Banco de Desarrollo tendrá más en cuenta las perspectivas e intereses de los países en desarrollo y los mercados en ascenso.   
Como en el caso de las disposiciones anticuadas sobre la dirección, las concepciones del desarrollo en que se basaron los mandatos de las instituciones multilaterales existentes son marcadamente distintas del pensamiento moderno sobre el desarrollo. Por ejemplo, no había conciencia de la amenaza representada por el cambio climático ni de que todos los países (incluidos los del mundo en desarrollo) deben reducir sus emisiones de los gases que producen el efecto de invernadero y adaptarse a los cambios, que serán particularmente desfavorables para los países más pobres. Asimismo, no se entendían la innovación y las oportunidades que entraña la búsqueda de vías más sostenibles de crecimiento económico no excluyente.   
Naturalmente, el Banco Mundial y los bancos de desarrollo regionales reconocen ahora esos imperativos y el nuevo Banco de Desarrollo no debe exonerar a los países en desarrollo de sus obligaciones, pero, en vista de la insuficiencia de la asistencia de los países desarrollados a los países en desarrollo, el nuevo banco puede prestar una ayuda esencial a los países en desarrollo y a los mercados en ascenso, cuando hagan inversiones más idóneas y sostenibles en infraestructuras en pro del crecimiento y de la reducción de la pobreza. En vista de la necesidad de medidas rápidas y de la lentitud con la que el mundo desarroll ado ha estado respondiendo, esa institución es aún más digna de beneplácito.   
El nuevo banco puede hacer una contribución importante a la salud de la economía mundial facilitando la transición a nuevos polos de crecimiento y demanda, contribuyendo a reequilibrar el ahorro y la inversión mundiales y encauzando el exceso de liquidez hacia una utilización productiva. No sólo será un motor para el crecimiento sostenible en el mundo en desarrollo y en ascenso, sino que, además, fomentará las reformas en las instituciones financieras multilaterales existentes, cambios de los que todos nosotros –tanto en el mundo en desarrollo como en el desarrollado– nos beneficiaremos.   
Traducido del inglés por Carlos Manzano.    
*Joseph E. Stiglitz / Premio Nobel de Economía 2001

Lo que realmente es una burbuja y sus consecuencias!



Las burbujas pueden ser malas para su salud financiera. Y también para la salud de la economía. La burbuja .com de finales de los 90 dejó tras de sí muchos edificios vacíos y muchos más sueños fallidos.
Cuando estalló la burbuja de la vivienda de la siguiente década, el resultado fue la mayor crisis económica desde los 30 del siglo pasado; una crisis de la cual aún tenemos que salir.
Así que cuando la gente habla sobre burbujas, usted debería escuchar atentamente y evaluar sus razones; no descartarlos despreciativamente, manera en la cual reaccionaron a las advertencias sobre la vivienda muchos autoproclamados expertos.
Y justo ahora se habla mucho sobre una burbuja. Buena parte de lo que se dice gira en torno a una presunta burbuja de bonos que supuestamente está manteniendo los precios irrealmente altos y las tasas de interés —que se mueven en la dirección contraria a los precios de bonos— irrealmente bajas. Sin embargo, el ascenso del Dow también ha generado más temores de una burbuja de las acciones.
¿Entonces, tenemos una importante burbuja de bonos y/o acciones? Con respecto a los bonos, yo diría que definitivamente no. En cuanto a las acciones, probablemente no, aunque no estoy tan seguro.
De todos modos, ¿qué es una burbuja? Sorprendentemente, no existe una definición estándar. Sin embargo, yo lo definiría como una situación en la que los precios de activos al parecer se fundamentan en perspectivas implausibles o inconsistentes sobre el futuro. Los precios .com en 1999 tenían sentido sólo si creías que tantas empresas terminarían convertidas en un Microsoft; los precios de la viviendas en 2006 sólo tenían sentido si creías que los precios de los hogares podían seguir subiendo mucho más rápidamente que los ingresos de compradores a lo largo de los próximos años.
¿Existe algo comparable en marcha en el mercado actual de bonos? Bien, la tasa de interés sobre bonos a largo plazo depende principalmente del camino previsto de tasas de interés a corto plazo, que son controladas por la Reserva Federal. A usted no le conviene comprar un bono a 10 años a menos de dos por ciento, la presente tasa, si cree que la Fed estará aumentando las tasas a corto plazo hasta cuatro o cinco por ciento en el futuro no tan distante.
¿Pero por qué, exactamente, debería usted creer algo así? La Fed normalmente reduce tasas cuando el desempleo es alto y la inflación es baja, que es la situación actual. Cierto, no puede reducir más las tasas porque ya están cerca de cero y no pueden bajar más. (De lo contrario, los inversionistas simplemente se sentarían sobre el dinero). Sin embargo, es difícil ver por qué la Fed debería elevar las tasas antes de que el desempleo baje considerablemente y/o la inflación suba, y no hay indicación alguna en los datos de que algo similar vaya a ocurrir en los próximos años.
Entonces, ¿por qué todas esas palabras sobre una burbuja de bonos? En parte, eso refleja la observación correcta en el sentido de que las tasas de interés están muy bajas en términos históricos. Sin embargo, lo que usted necesita tener en mente es que la economía también está en terrible forma, en particular bajo estándares históricos; terrible, como algo que ocurre una vez cada tres generaciones. No aplican las reglas usuales sobre lo que constituye un nivel razonable de tasas de interés.
Existe también aquí, hay que decirlo, un elemento de buenas intenciones. Por cualquier razón, mucha gente en la industria financiera ha desarrollado un profundo odio hacia Ben Bernanke, el presidente de la Fed, y todo lo que él hace; ellos quieren que se acaben sus políticas de dinero fácil y también quieren ver que esas estrategias fracasen de manera espectacular. Sin embargo, resulta que el desagrado hacia profesores barbados de Princeton no es una buena base para una estrategia de inversión.
Además, nunca se debería olvidar el ejemplo de Japón, donde las apuestas en contra de los bonos gubernamentales —justificadas por más o menos los mismos argumentos expuestos actualmente para justificar alegatos de una burbuja de bonos estadounidenses— terminaron en pena con tanta frecuencia que todo el comercio llegó a conocerse como el “haceviudas”. En este punto, la deuda de Japón está muy por arriba del doble de su PIB, su déficit presupuestario sigue siendo grande y la tasa de interés sobre bonos a 10 años es 0,6 por ciento. Y no, no es un error tipográfico.
De acuerdo, ¿qué tal las acciones? Importantes índices accionarios actualmente están en niveles más altos que en los de finales de los 90, lo cual puede sonar ominoso. Suena mucho menos ominoso, sin embargo, cuando uno se entera de que los ingresos corporativos —que son, después de todo, lo que son las acciones— son más de dos y media veces mayores a su nivel en los 90, cuando la burbuja estalló. Además, con los rendimientos de bonos tan bajos, se esperaría que los inversionistas se movieran hacia las acciones, impulsando aumentos de sus precios.
Considerando todo, el argumento para burbujas considerables en acciones o, particularmente, en bonos, es débil. Y esa conclusión tiene importancia tanto para la política como para la inversión.
Esto porque un importante subtexto de toda la reciente retórica de la burbuja es la exigencia de que Bernanke y sus colegas dejen de tratar de combatir el desempleo masivo: que deben detenerse y desistir de sus esfuerzos por impulsar a la economía o seguirán funestas consecuencias. Pero, de hecho, no hay argumento alguno para creer que estamos ante un problema de una gran burbuja, ya no digamos preocuparse de que burbujas hipotéticas deberían tener precedencia sobre la tarea de hacer que los estadounidenses vuelvan al trabajo. Bernanke no debería hacerles caso a los balbuceantes barones del burbujismo, y debería ponerse a hacer su trabajo.

*Paul Krugman / Premio Nobel de Economía 2008