Por: Eduardo Sarmiento
En los últimos días se observan grandes alteraciones de
los índices comerciales y flujos de capital de América Latina y Colombia.
El país experimenta las alteraciones de un sistema
fundamentado de revaluación y el ingreso de inversión extrajera. El modelo le
dio una cierta actividad a la economía a cambio de hacerla más vulnerable.
Como lo señalé, el país operó varios años con una burbuja
insostenible. De un lado, la entrada de capitales causaba una revaluación que
se manifestaba en un déficit en cuenta corriente que se contrarrestaba con el
crecimiento del crédito por encima del producto nacional o la valorización de
activos. De otro lado, la revaluación generaba expectativas que inducían más
entradas de capitales. Se configuró un círculo vicioso de revaluación, entrada
de capitales, déficit en cuenta corriente, explosión de crédito y alza de los
precios de los activos.
La primera ruptura de la burbuja se presenta a mediados
de 2012, cuando el crecimiento del crédito se reduce drásticamente y los
precios de los activos, en particular de los bonos y las acciones, entran en la
fase descendente. Y en este momento se está cayendo la parte restante. La
revaluación llegó a su fin porque físicamente no podía bajar más. En la mayoría
de los bienes transables los precios internos son superiores a los externos; su
sobrevivencia pende de las dádivas oficiales. Por lo demás, la caída de las
exportaciones en el primer trimestre, la baja de la inversión extranjera y los
insucesos del TLC cambiaron las expectativas.
A su turno, los anuncios del presidente de la Fed de
suspender las emisiones monetarias y elevar las tasas de interés confirmaron
las perspectivas externas. De una vez por todas, los inversionistas advirtieron
que las ganancias de la revaluación en el futuro serán pérdidas de la
devaluación. En consecuencia, se movilizaron a transformar los activos en
moneda nacional en dólares, provocando una reversión hacia la devaluación.
La burbuja deja la destrucción de la industria y la
agricultura y un déficit en cuenta corriente de 7% del PIB en términos reales,
generado por la sustitución de la producción por las importaciones. La economía
está expuesta a una fuerte contracción de demanda efectiva que puede ser
agravada por las secuelas posteriores al desplome. La salida de capitales está
ocasionando una contracción del crédito que acentuó la caída en el precio de
los activos.
El Emisor está a la deriva. En aras de influir el tipo de
cambio bajó la tasa de referencia a 3,25%, y el mercado registra rendimientos
del doble en los TES y los títulos de renta fija. La economía está expuesta a
grandes revaluaciones que destruyen la industria y la agricultura y causan
déficits en cuenta corriente insostenibles y grandes devaluaciones que deprimen
la producción y el empleo. La revaluación no podía dejarse al arbitrio del
mercado y, menos, pretender que la reparación del error se realice dentro del
marco de tipo de cambio flexible que lo causó. El camino de rectificaciones
tenía que arrancar por modificar el régimen cambiario y limitar los ingresos de
divisas de la inversión extrajera. El peor de los mundos es una devaluación
causada por la salida del ahorro y las sugerencias foráneas.
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