El grano de arena de un
pensador
Oración por la paz
Este texto fue escrito con
motivo de la marcha por la paz y la reconciliación que se realizó el miércoles
en todo el país.
Hace 65 años se alza desde esta tribuna un clamor por la
paz de Colombia.
65 años es el tiempo de una vida humana. Eso quiere decir
que toda la vida hemos esperado la paz. Y la paz no ha llegado, y no conocemos
su rostro.
Es un pueblo muy paciente un pueblo que espera 65, 70,
100 años por la paz. Cien años de soledad. Un pueblo que trabaja, que confía en
Dios, que sueña con un futuro digno y feliz, porque, a pesar de lo que digan
los sondeos frívolos, no vive un presente digno y no vive un presente feliz.
Aquí no nos dan realidades, aquí se especializaron en
darnos cifras. El pueblo tiene hambre pero las cifras dicen que hay abundancia.
El pueblo padece más violencia pero las cifras dicen que todo mejora. El pueblo
es desdichado pero las cifras dicen que es feliz.
Ahora comprendemos que un pueblo no puede sentarse a
esperar a que llegue la paz, que es necesario sembrar paz para que la paz
florezca, que la paz es mucho más que una palabra.
El verdadero nombre de la paz es la dignidad de los ciudadanos,
la confianza entre los ciudadanos, el afecto entre los ciudadanos. Y donde hay
tanta desigualdad, y tanta discriminación, y tanto desprecio por el pueblo, no
puede haber paz. Allí donde no hay empleo, difícilmente puede haber paz. Allí
donde no hay educación verdadera, respetuosa y generosa, qué difícil que haya
paz. Allí donde la salud es un negocio, ¿cómo puede haber paz? Donde se talan
sin conciencia los bosques, no puede haber paz, porque los árboles, que todo lo
dan y casi nada piden, que nos dan el agua y el aire, son los seres más
pacíficos que existen.
Donde los indígenas son acallados, donde son borradas sus
culturas, donde es negada su memoria y su grandeza, ¿cómo puede haber paz?
Donde los nietos de los esclavos todavía llevan cadenas invisibles, todavía no
son vistos como parte sagrada de la nación, ¿a qué podemos llamar paz?
La paz parece una palabra pero en realidad es un mundo.
Un mundo de respeto, de generosidad, de oportunidades para todos.
Y hay que saber que lo que rompe primero la paz es el
egoísmo.
El egoísmo que se apodera de la tierra de todos para
beneficio de unos cuantos, que se apodera de la ley de todos para hacer la
riqueza de unos cuantos, que se apodera del futuro de todos para hacer la
felicidad de unos cuantos. De ahí nacen las rebeliones violentas, y de ahí
nacen los delitos y los crímenes.
Hemos ido aprendiendo a saber qué es la paz… haciendo la
suma de lo que nos falta.
La paz es agua potable en todos los pueblos y agua pura
en todos los manantiales. No hay paz con los ríos envenenados, con los bosques
talados y con los niños enfermos por el agua que beben.
La paz es trabajo digno para tantos brazos que quieren
trabajar y a los que sólo se les ofrecen los salarios de sangre de la violencia
y del crimen.
La paz son pueblos bellos y ciudades armoniosas, que se
parezcan a esta naturaleza. Porque las montañas, los ríos, las llanuras, las
selvas y los mares de Colombia son la maravilla del mundo, y no hemos aprendido
a habitarlas con respeto, a aprovecharlas con prudencia, a compartirlas con
generosidad.
Porque la idea de generosidad que tienen muchos grandes
dueños de la tierra tiene un solo nombre: alambre de púas. Esa idea medieval de
tener mucha tierra, mientras las muchedumbres se hacinan en barriadas de
miseria.
Pero es que la paz verdadera exige no sólo un pueblo
respetado y grande y digno sino una dirigencia verdadera. Y no es una gran
dirigencia la que se esfuerza veinte años por que le aprueben un Tratado de
Libre Comercio, y cuando le aprueban el Tratado la sorprenden con un país sin
carreteras y sin puertos, con una agricultura empobrecida, con una industria en
crisis, confiando sólo en vender la tierra desnuda con sus metales y sus
minerales para que la exploten a su antojo las grandes multinacionales. Ahí no sólo
falta generosidad sino inteligencia, ahí faltan grandeza y orgullo.
En cualquier país del mundo un tratado de libre comercio
se negocia poniendo como primera prioridad qué necesitan y qué consumen los
propios nacionales. ¿Por qué tiene que ser la prioridad poner oro en las mesas
de otros antes que poner alimentos en nuestras propias mesas?
Hoy el mundo se ha lanzado a un obsceno carnaval del
consumo. Pero esos países que divinizan el consumo, como los Estados Unidos y
Europa, por lo menos han tenido la prudencia de garantizarles primero a sus
pueblos agua limpia, vivienda digna, educación seria y gratuita, salud para
todos, trabajo y salarios decentes, una economía que se esfuerza por ofrecer
empleo de calidad, que no llama trabajo como aquí al rebusque desesperado, ni a
la mendicidad, ni al tráfico violento de todas las cosas.
Si por lo menos cumpliéramos con brindar a los ciudadanos
las prioridades básicas de una vida digna, no sería tan absurdo que nos
predicaran ese evangelio loco del consumo, pero aún así tenemos que pensar con
responsabilidad en el planeta, para el que ese consumo indiscriminado es una
amenaza. Tenemos climas frágiles porque tenemos ecosistemas ricos y preciosos,
que producen agua y oxígeno para el mundo entero.
Colombia es un país de tierras bellísimas y de climas
benévolos, esto no es Europa ni los Estados Unidos, donde el clima exige
millones de cosas, aquí podemos vivir una vida sencilla en un paisaje
maravilloso, aquí no habría que refugiarse en ciudades malsanas y estridentes,
el país es de verdad La Casa Grande. ¿Qué nos impide esa felicidad? La
desigualdad y la violencia. La codicia que pasa por encima de todo.
La naturaleza no es una mera bodega de recursos sino un
templo de la vida. Pero una lectura equivocada del país y una manera mezquina
de administrarlo han convertido este templo de la vida en una casa de la
muerte.
Hace 65 años Gaitán clamaba aquí por la paz. Sus enemigos
no sólo lo mataron sino que llevaron al país a una guerra, a una violencia que
acabó con 300.000 personas. El país entero entró en una orgía de sangre. Y
perdimos el sentido de humanidad, y casi nos acostumbramos al horror, y dejamos
de estremecernos con la muerte. El tabú de matar se perdió, Colombia se volvió
tolerante con el crimen, y en el último medio siglo es posible que por falta de
paz y de solidaridad haya muerto en Colombia otro medio millón de personas.
Y cada día que tardan en firmar un acuerdo el gobierno y
las guerrillas, más muertos de todos los bandos, más víctimas, se suman a esa
lista. Porque no es sólo el conflicto en los campos: bajo la sombra de ese
conflicto prosperan las guerras de supervivencia en las ciudades, la violencia
de las mafias, el delito, el crimen, la violencia intrafamiliar, el desamparo,
la ignorancia.
Pero es que lo único que detiene a la mano homicida es
sentir que lo que le hace a su víctima se lo está haciendo a sí mismo. Lo único
que detiene esa mano es la compasión, y para que haya compasión hay que sentir
al otro como a un hermano, como a un milagro de la vida, efímero, precioso,
irrepetible. Si no sentimos eso no sentimos nada. Sin ese respeto profundo por
los otros nadie siente verdadero amor por sí mismo.
Pero para que haya ese afecto profundo por los
conciudadanos hay que haber sido educados en la generosidad, bajo unas
instituciones generosas, hay que haber sido querido. Al que no es valorado en
su infancia, respetado, apreciado, ¿cómo pedirle que quiera, que respete, que
valore a los otros?
Por eso es tan ciega una sociedad que no da nada y en
cambio pide todo. Que da adversidad, obstáculos, discriminación, pero pide a
los ciudadanos que se comporten como si hubieran sido educados por Sócrates o
por Francisco de Asís. El Estado se volvió irresponsable, los ciudadanos le
perdieron el respeto al Estado, y el Estado les perdió el respeto a los
ciudadanos. En ningún país se exigen tantos trámites para cualquier cosa. Y el
que está en desventaja es el que no tiene recursos para sobornar, para abreviar
los trámites, para correr con éxito de oficina en oficina. Con mucha frecuencia
el estado no facilita la vida sino que es un estorbo para las cosas más
elementales.
Las cárceles están llenas de seres que no recibieron
nada, que fueron educados en la dureza y en la precariedad, y a los que la
sociedad les exige lo que nunca les dio. Porque aquí sólo les exigimos respeto
a los que nunca fueron respetados.
Es necesario gritar que nuestro pueblo no es un pueblo
malo sino un pueblo maltratado. Y todavía a ese pueblo maltratado y admirable
vamos a pedirle, aunque no tenemos derecho a hacerlo, vamos a pedirle que nos
dé un ejemplo de su espíritu superior; vamos a pedirle que, a cambio de un
acuerdo esperanzador entre los guerreros, sea capaz de perdonar.
No hay ceremonia más difícil y más necesaria que la ceremonia
del perdón. Pero es el pueblo el que tiene que perdonar: no la dirigencia
mezquina ni la guerrilla que tomó las armas contra ella. Y sin embargo todos
tendremos que participar, humilde y fraternalmente, en la ceremonia del perdón,
si con ello abrimos las puertas a un país distinto, más generoso, que deponga
las armas fratricidas, que abandone los odios y que construya un futuro digno
para todos, pero sobre todo un futuro de dignidad para los que siempre fueron
postergados.
Desde hace 65 años pedimos la paz, suplicamos la paz,
esperamos la paz. Hoy ya no podemos pedirla ni suplicarla ni esperarla. Si se
logra un acuerdo entre el gobierno y las guerrillas, tenemos que construir la
paz entre todos, la paz con una ley justa, la paz con una democracia sin trampas,
la paz con un afecto real en los corazones, la paz con verdadera generosidad. Y
la única condición para que esa paz se construya es que no maten la protesta,
que no aniquilen la rebeldía pacífica, que dejen florecer las ideas, que
permitan a este país grande y paciente ser dueño de sí mismo y de su futuro.
Esa paz que construiremos será un bálsamo sobre esos
miles de muertos que se fueron del mundo sin amor, a veces sin dolientes, a
veces sin un nombre siquiera sobre su tumba.
Entonces sabremos que la paz no es sólo una palabra, que
la paz es convivencia respetuosa, prosperidad general, justicia verdadera,
campos cultivados, empresas provechosas, bosques y selvas protegidos, ríos que
tenemos que limpiar y manantiales a los que tenemos que devolver su pureza.
Y que otra vez haya venados en la Sabana y bagres sanos
en el río, que salvemos la mayor variedad de aves del mundo, que vuelen las
mariposas de Mauricio Babilonia, y que los caballos de Aurelio Arturo vuelvan a
estremecer la tierra con su casco de bronce, y que haya hombres y mujeres
pescando de noche en la piragua de Guillermo Cubillos, y que el viajero que
encontremos por los campos a la luz de la luna no nos produzca terror sino
alegría.
Que haya cantos indios por las sabanas de Colombia, y arrullos
negros en los litorales, y que las armas se fundan o se oxiden, y que haya
carreteras y puertos, y barcos y trenes que nos lleven a México y a Buenos
Aires, y que nuestros jóvenes tengan amigos en todo el continente, y que sólo
una industria se haga innecesaria y necesite ayuda para cambiar su producción:
la industria de las chapas y los cerrojos y los candados y las rejas de
seguridad, porque habremos logrado que cada quien tenga lo necesario y pueda
confiar en los otros.
Porque la paz se funda en la confianza y en la sencillez,
y en cambio la discordia necesita mil rejas y mil trampas y mil códigos. Aquí,
por todas partes, están los brazos que van a construir ese país nuevo, los pies
que van a recorrerlo, los cerebros que van a pensarlo, y los labios del pueblo
que lo van a cantar sin descanso.
Que hasta los que hoy son enemigos de la paz se alegren
cuando vean su rostro.
Que llegue la hora de la paz, y que todos sepamos
merecerla.
Por: William Ospina, Especial para El Espectador
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