El derrumbe de una fábrica que ocasionó la muerte de centenas de
trabajadoras en Bangladesh suscita preguntas trascendentales, como bien lo
mostró Cesar Rodríguez en su última columna.
La globalización ha
hecho que la ropa producida en una factoría como la de Bangladesh se distribuya
y consuma en otros países. Debido a esta desconexión entre los lugares de
producción y consumo, los trabajadores representan hoy para el capital
internacional un costo y nada más.
La actual situación
es, pues, muy diferente del régimen de crecimiento de Europa y Estados Unidos
entre 1945 y 1975, que algunos llamaron “fordista” y que se caracterizó por
mejoras de las condiciones de trabajo y aumentos constantes del salario real.
Esta modalidad de desarrollo, que permitió avances sociales muy significativos,
se debió no sólo a factores políticos, como los éxitos de las luchas
sindicales, sino también a que el mejoramiento de los salarios resultaba
finalmente útil para la economía y los empresarios, pues hacía que los
trabajadores fueran también los consumidores de lo que se producía, reduciendo
los riesgos de crisis y recesión.
La globalización
liquidó ese círculo virtuoso, pues la ropa producida en Bangladesh es consumida
en otras partes. El capital no tiene entonces hoy interés económico en mejorar
las condiciones de sus trabajadores, pues estos no son los consumidores de sus
productos.
Pero, además, la
globalización económica no se ha acompañado de una correspondiente globalización
jurídica humanitaria (o ésta es muy precaria); el capital circula hoy
internacionalmente sin muchos controles, pues las regulaciones protectoras del
trabajo siguen siendo esencialmente nacionales y las empresas las eluden
migrando de un país a otro. Los empresarios pueden entonces, con relativa
impunidad, aprovecharse de condiciones de trabajo terribles, como las que
llevaron a la muerte de esas mujeres en Bangladesh.
¿Cómo enfrentar esta
situación? Es obvio que debemos seguir luchando para que existan regulaciones
internacionales y nacionales que intenten, en forma concertada, prevenir y
sancionar estos abusos de las empresas multinacionales. Pero tanto para lograr
esos avances jurídicos como para asegurar su eficacia parece igualmente necesaria
una intensa movilización social y política. ¿Pero de quiénes?
En 1848, Marx
consideró que la salida era la solidaridad internacional obrera y por ello el
Manifiesto del Partido Comunista termina con su célebre llamado: “¡Proletarios
de todos los países, uníos!”.
Esa solidaridad
trabajadora sigue siendo necesaria. Pero hoy existe tal vez una alternativa
complementaria. Y es que se desarrolle un movimiento global de consumidores,
que asumamos el compromiso de sólo comprar productos elaborados en condiciones
de trabajo decente, a pesar de que sean más costosos. Y que saboteemos a las
empresas que desconozcan esos estándares laborales. Hoy parece entonces
indispensable un nuevo llamado: “¡Consumidores de todos los países, uníos!”.
Por: Rodrigo Uprimny, para el Espectador

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