Europa: la salida es más integración
Javier Solana recuerda lo que es y representa la Unión Europea.
De entre la vorágine de problemas económicos que nos rodea sigue
sobresaliendo una afirmación que no conviene olvidar: la Unión Europea es la
primera economía del mundo. Su PIB es de
más de 15 billones y medio de euros, superior al de Estados Unidos, que se
sitúa en segunda posición. La UE es también la segunda
exportadora e importadora del mundo, tras China y EE. UU. respectivamente,
siendo responsable del 20 por ciento del comercio a nivel mundial; lo que nos
convierte en la primera potencia comercial del planeta.
Sin embargo, los datos
no esconden que el modelo institucional que ha permitido el actual nivel de
integración ya no es suficiente para dar respuesta a los problemas generados
por la crisis. Es necesario avanzar con mucha más determinación y rapidez en la
profundización de la integración europea. Si no lo hacemos, existe un riesgo
real de que el descontento social socave los cimientos de la UE antes de que
podamos culminar el proceso de integración que solucione los problemas que
ahora asfixian a millones. Estos problemas no pueden desligarse de la manera en
la que la Unión se presenta ante el mundo; una Unión que es ahora el principal
foco de preocupación económica mundial. Para que la U. Europea siga siendo
sinónimo de futuro, tendremos que salir de este atolladero apostando por más
integración. Y esa integración conducirá a una política exterior europea unida,
coherente y efectiva en un mundo que cambia vertiginosamente.
La realidad sigue
demostrando que el mundo hoy ya es multipolar. Lo que no está garantizado en
absoluto es que el sistema internacional sea capaz de regirse mediante normas
comunes adoptadas en foros multilaterales: sin una gobernanza global
multilateral efectiva se crearán dinámicas mucho más peligrosas y
potencialmente conflictivas que las hemos visto hasta hoy. Es precisamente aquí
donde Europa tiene algo que decir y que ofrecer: sigue estando a la vanguardia
de la innovación en el diseño institucional -una de las grandes exigencias de
este siglo- del que es su mejor y más exitoso ejemplo.
Otros lugares del mundo
están experimentando un crecimiento económico sin precedentes. Pero otro gran
reto se plantea a continuación: sobre la
base de ese crecimiento económico sostenido hay que crear sistemas políticos
justos, sociedades abiertas, inclusivas y respetuosas con los derechos humanos y
el medio ambiente. Y en estas cuestiones los europeos también vamos un paso por
delante.
Afortunadamente, hoy no
solo los países europeos dan el paso de poner en común la soberanía. Un buen
ejemplo es el trabajo que se está haciendo en la Asociación de Naciones del
Sudeste Asiático (Asean), que está dando pasos muy valientes en una parte del
mundo en donde la integración nunca ha sido la norma. No lo perdamos de vista y
no dejemos, con una visión estratégica, de acompañarles en tan meritorio viaje.
Es precisamente esta
región, Asia-Pacífico, la que está llamada a ser el centro de las relaciones
internacionales a medio y largo plazo. Estados Unidos ya ha hecho pública la
reorientación estratégica en las prioridades de su política exterior para
ponerlas precisamente allí, escenario de viejos y numerosos litigios aún sin
resolver: disputas territoriales, fronterizas, un nacionalismo rampante y mucha
desconfianza. China no quiere ver un siglo XXI dominado por un G2 en el que se
encuentre sola con Estados Unidos. Prefiere, al menos, un G3 donde debería
estar la Unión Europea: además de las buenas relaciones que mantenemos con
ambos, nuestra experiencia en resolución multilateral de problemas podría tener
un valor incalculable. En la Conferencia de Seguridad de Múnich, de febrero del
año pasado se ponía sobre la mesa una idea que debe estar presente en toda
aproximación que se haga hacia esta región: los problemas de seguridad están
ocultos por un crecimiento económico extraordinario, pero pueden salir a la
luz, como ya de hecho estamos viendo al hilo de los problemas en el Mar de
China Meridional.
Si llevamos el foco a
nuestra vecindad, comprobamos que el momento unipolar europeo de los años 90 ha
llegado a su fin. Rusia no se ha acercado a los estándares europeos, Turquía ya
desarrolla una política exterior propia con vocación de potencia regional y el
sur del Mediterráneo ha dicho basta al statu-quo por medio de unas revoluciones
que nunca vimos venir. El poder blando y el modelo de diálogo multilateral
sigue siendo el camino para lograr una vecindad oriental próspera y un
Mediterráneo recuperado como punto fundamental de encuentro y cooperación
política, económica y energética.
Con el continente
americano la vecindad es de otra naturaleza: la proximidad no es física sino
que se basa en unos valores y en una visión compartida. En un mundo complejo y
en cambio constante, la acción coordinada con Estados Unidos solo puede y solo
debe progresar. Además, cualquier observador imparcial reconocerá que América
Latina será uno de los grandes beneficiarios del siglo XXI, por lo que una
mayor profundización en la relación entre ambos continentes constituye un
elemento clave para ambos.
La Unión Europea tiene
vocación de potencia internacional por su pasado, su presente y -ante todo- su
futuro. La elección se presenta en términos muy simples: o actuamos unidos para
hacer frente a los enormes desafíos que presentan los cambios en el orden
mundial, y que van a caracterizar -están ya caracterizando- al siglo XXI, o
permanecemos como espectadores de un mundo en el que ya poco o nada tendremos
que decir. Es el futuro, donde nos jugamos la prosperidad y la viabilidad de
nuestro ahora cuestionado modelo socioeconómico, el que nos tiene que convencer
de que los Estados europeos, por separado, son demasiado pequeños para el
escenario global y de que la integración europea es el único camino.
Javier Solana
Exministro español y primer 'canciller' de la Unión Europea.
Exministro español y primer 'canciller' de la Unión Europea.
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