Los
caminos de hierro de la memoria 3
Por:
William Ospina
Nuestro gran desafío desde
el comienzo era unir y comunicar el país.
Pero a la extrema diversidad geográfica se añadía la
complejidad racial, la opresión de indios y de esclavos, el culto a las
metrópolis ilustres y el menosprecio por todo lo local. Esta geografía impuso
proezas, sufrimientos y brutalidades. La exploración del territorio, el paso de
los ríos y hasta la apertura de caminos exigieron desde el comienzo hazañas
heroicas.
Pero también esa diversidad, unida a las odiosas
estratificaciones que dejó la colonia, a la disputa por las riquezas del suelo
y por el suelo mismo, nos hundió sin cesar en guerras y conflictos. Pocas cosas
tan difíciles de seguir y de explicar como la sucesión de las guerras
colombianas.
Los caminos, que prometían el progreso, también abrieron
paso al conflicto incesante. No es por realismo mágico que García Márquez habla
de las 32 guerras del coronel Aureliano Buendía. Mientras llegaba el cultivo
del café a las tierras quebradas de Caldas, Colombia vivía la guerra civil de
1851, la del 54, la del 60, la del 76, la del 85 y la del 95. Después, la
Guerra de los Mil Días le costó al país 200.000 muertos, el cinco por ciento de
su población, que es como si hoy una guerra arrebatara dos millones de vidas.
El Gobierno había confiado al alemán Elbers la navegación
por el Magdalena, pero en Honda los raudales impedían que las naves alcanzaran
la parte alta del río. Había un tramo que los barcos de gran calado no podían
superar, y eso hizo aun más necesarios los ferrocarriles.
Antes del café, la economía giraba alrededor del tabaco.
Por primera vez los ingleses abandonaron las minas y pusieron su interés en
otro producto. Todavía en Ambalema la casa de los ingleses, que manejó el
embarque de tabaco hacia Europa, y la casa donde se prensaban las hojas,
esperan su restauración y su nuevo destino.
Los ingleses habían explotado las minas de Marmato y
Supía, las minas de Mariquita y Santa Ana. Hijo de un ingeniero irlandés era
Diego Fallon, el poeta que descubrió a la Luna en los cañones del Gualí, y que
escribió el poema más famoso de Colombia antes de que llegara la música de José
Asunción Silva.
Esos británicos traían ya “la mineralogía, la mecánica
aplicada, la teoría del calor, la química inorgánica, los métodos geofísicos,
el sismógrafo, la ingeniería de vías, los reactivos químicos, la rueda
hidráulica, la técnica de amalgamación”. Traían el molino liviano de pistones,
el monitor hidráulico, la draga flotante; pasaron del mercurio al cianuro,
trajeron la turbina Pelton y la dinamita.
Mientras el país se desangraba en la Guerra, entre 1899 y
1903, que fue también responsable de la pérdida de Panamá, la cosecha de los
campesinos cafeteros de Caldas abrió para el país un horizonte nuevo. Pero
había un problema.
Nadie sabía cómo sacar esos millones de sacos hacia los
puertos: ni siquiera los diez mil bueyes de Letras lograban bajar el café al
Valle del Magdalena. Entonces Tomas Miller y sus ingenieros ingleses hicieron
una propuesta genial: tender un cable aéreo por aquellos abismos, llevar en
vagonetas desde Manizales hasta Mariquita la cosecha cafetera.
En 1912, bajo la dirección del ingeniero australiano
James Lindsay, empezaron las obras que parecían imposibles. El tendido de los
cables se hizo desde Mariquita, subiendo la cordillera. La guerra del 14
interrumpió por un tiempo los trabajos y se dice que el barco que traía una de
las torres principales fue hundido por alemanes en el Atlántico. Ello hizo
necesario reemplazar el hierro inglés por troncos de guayacán de las montañas,
y en mayo de 1922 un cable aéreo de 72 kilómetros, el más largo del mundo en su
tiempo, fue inaugurado en un banquete donde giraba por un gran salón, llevando
flores en sus vagonetas, una réplica en miniatura de la obra.
Ese cable convirtió a Manizales en la ciudad más dinámica
del país. Todavía era un pueblo grande de casonas de tabla parada y balcones de
colores, una imprudente sucesión de casas de madera pegadas una a otra como
jamás lo habrían recomendado los ingleses, y con una catedral de cedro, nogal y
maderas balsámicas que era orgullo de los piadosos campesinos iniciados en las
costumbres urbanas.
En 1925 un incendio consumió 32 manzanas y las llamas
alcanzaron a morder la catedral perfumada. Un año después un segundo incendio
se llevó otras manzanas y devoró la catedral por completo. La ciudad emprendió
su reconstrucción con edificios diseñados por arquitectos notables y se empeñó
en alzar una catedral capaz de resistir a dos grandes enemigos: el fuego
implacable y los terremotos que desmoronaban los barrios en el abismo.
Necesitaba inventarse un pasado: se aferraba al gótico,
al hispanismo, a las filigranas del mundo grecolatino, pero también quería
estar a la altura de la modernidad. Un biznieto de aquel Julius Richter que
había venido a trabajar en las minas, Danilo Cruz Vélez, discípulo de Heidegger
en Friburgo, habría de convertirse en uno de los más importantes filósofos de
Colombia.
John Wotard diseñó en 1926 la estación del ferrocarril.
La catedral vertiginosa, vaciada en concreto, hecha para desafiar al volcán y
al incendio, fue diseñada por Julien Auguste Polti, jefe de monumentos públicos
de París, y se convirtió en 1939 en el ápice de aquella ciudad de contrastes,
todavía llena de brujas y aparecidos, todavía olorosa a yerbabuena y a musgo,
pero que era ya la capital de la primera comarca campesina en Colombia
conectada de verdad con el mundo.
*William Ospina
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