Los
caminos de hierro de la memoria (II)
Por:
William Ospina
En
Manizales, para poder hacer la casa, había que hacer primero el lote.
Esa leyenda popular ilustra las dificultades de los
hombres que decidieron fundar aquel caserío a la vez en las crestas de la
cordillera y en el corazón de una selva. Una valiosa antología: Manizales, su
historia y su cultura, de Pedro Felipe Hoyos, permite ver ese impresionante
proceso que convirtió un poblado lluvioso de mediados del siglo XIX en la más
dinámica ciudad del país a comienzos del XX.
Empezó en 1834, cuando una segunda oleada de colonos
salió de Marmato, el pueblo de oro colonial construido a riesgo sobre los
túneles de la montaña. Con Antonio Arango y con Nicolás Echeverry venía el
alemán Wilhelm Deghenhardt: querían conocer el nevado del Ruiz, estudiar su
potencial minero, aprovechar la descendencia cimarrona de un ganado abandonado
en otras décadas que ahora proliferaba en los páramos.
Diez años después, Arango y Echeverry, acompañados entre
otros por Manuel Grisales y Agapito Montaño, por Benito Rodríguez y Gil
Vicente, a quien llamaban Capón Saraviado, volvieron con once bueyes a buscar
más ganado, y terminaron fundando un caserío. Así eran esos tiempos, a veces
resultaba tan difícil volver al sitio de origen, que era preferible inventar
otro pueblo.
Lo que vemos aquí fue la lenta, inevitablemente violenta,
población de las tierras centrales: colonos contra indígenas, terratenientes
contra colonos, todos contra la naturaleza, y la naturaleza contra todos.
Manizales, tal vez porque fue tan difícil fundarla en las crestas de la
cordillera, entre los remezones de la tierra y el rugido del volcán, entre el
barro de los deslizamientos y la tristeza de la lluvia, se fue convirtiendo en
el centro de un mundo.
Algunos de los primeros colonos, después mitologizados
como “Los Fundadores” y exaltados en su escultura tutelar por Luis Guillermo
Vallejo, tras mil conflictos con la concesión Aranzazu ascendieron a
terratenientes y emprendieron una exitosa carrera como agricultores y
comerciantes. Cultivaron cacao y domaron la hacienda cimarrona para establecer
la primera industria de lácteos. Lo que había sido selva se cruzó de caminos:
ya en las hondonadas se oían más las hachas que los pájaros.
El cacao ensanchó los caminos que iban a la tierra de
origen; el comercio de quesos los abrió hacia las llanuras inundadas del sur y
a las mansiones y claustros del Cauca Grande. Las tierras ofrecidas por el
gobierno estaban repartidas pero los colonos seguían llegando: siguió la
colonización de las selvas del Risaralda, y otra tierra prometida, los
yarumales y los guaduales infinitos del Quindío.
El difunto Elías Gonzales había trazado un camino sobre
la cuerda floja del abismo de Letras, para salir al Valle del Magdalena y
conectar con el centro del país y con el mundo. A finales del XIX, ya diez mil
bueyes recorrían esa ruta de tierra inestable, “hondos fangales donde las
bestias se consumen hasta los pechos”, ríos de piedras, redes de raíces,
derrumbaderos de greda, suelos de estacas y de púas, una telaraña de chorros y
saltos y resbaladeros casi borrados por la niebla, y una lluvia incansable
sobre tantos fantasmas de mulas y bueyes y peones despeñados. Baste saber que
un viento atroz mató a cuarenta mulas un día en un solo paso de la montaña.
Bajaban al puerto de Honda el fruto de las tierras
colonizadas, subían manufacturas de los países industriales. El avance hacia el
sur fundó entre tantos pueblos a Pereira, sobre el Otún, en las ruinas de la
vieja Cartago, a Armenia y Chinchiná, Caicedonia y Sevilla. El descenso al
oriente fundó a Soledad, tan parecida a su nombre que mejor se lo cambiaron por
Herveo, y a Fresno ante la primera luz de la planicie. Líbano, Villahermosa,
Casabianca, Murillo, Manzanares, Pensilvania: no hubo desde la Conquista una
fiebre de fundaciones como esa, que llevó incluso a la quinta fundación de
Victoria. Donde las mulas se echaban con las petacas corría el riesgo de nacer
algún pueblo.
En las últimas décadas del siglo XIX la producción anual
de café pasó de 60.000 sacos a 600.000. Aunque ya empezaba a cultivarse en las
tierras colonizadas, lo producían sobre todo las haciendas de Santander y
Cundinamarca. Pero al final del siglo una dramática caída de los precios golpeó
las haciendas, y el café del viejo Caldas respondió mejor a la crisis.
Abundantes hijos proveían la mano de obra y la calidad del café cosechado era
mejor.
Pero nadie sabía que lo que estaba naciendo era una
región económica y que, aunque poderosa, esa economía no significaría tanto
opulencia como estabilidad: una dinámica de la que podían participar tantas
familias hizo nacer una tradición de arraigo y de orgullo, abrió camino a una
democracia posible, dio poder de consumo a los productores, integró al país
comunicando sus regiones, enlazando el norte y el sur, el oriente y el
occidente.
No habían llegado los tiempos bárbaros en que el precio
final de los productos es más importante que el orden que propicia su cultivo,
no habían llegado los tiempos en que se podía destruir un orden social y
familiar, todo un sistema de trabajo y de relaciones humanas, sólo porque los
productos puedan conseguirse más baratos en otra parte.
Hasta alemanes como Julius Richter, que soñaban aún con
El Dorado, descubrieron que el oro estaba menos en las minas que en las ramas:
muy pronto una pequeña región del centro del país iba a hacer visible a
Colombia en el mercado mundial, y nos asomaría a los primeros sueños de la
modernidad.
Para que ello ocurriera, entraron en acción los ingleses.
* William Ospin
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